Empatía con la crisis de fe de algunos jóvenes

Hoy a muchos jóvenes le sucede lo que le acontece a la cultura actual: ha perdido su referencialidad a un sentido creyente. Por el P. Eduardo Casas.

 
Empatía con la crisis de fe de algunos jóvenes

Cuando los jóvenes en la actualidad cuestionan la fe –en la catequesis, en la escuela creyente o en la familia- los adultos nos sentimos perplejos y –en más de una ocasión- no sabemos no sólo responder sino, además, nos resulta difícil situarnos frente al joven y a su planteo.


Hoy a muchos jóvenes le sucede lo que le acontece a la cultura actual: ha perdido su referencialidad a un sentido creyente. Todos vivimos en una sociedad cuyo sentido de fe es más bien general, inespecífico, vago, sin demasiado crecimiento y madurez.  Además, la cadena de transmisión de la fe –que generalmente en tiempos pasados- lo hacía la familia, hoy también se ha interrumpido. Ya casi no existe el traspaso generacional de la fe dentro de las tradiciones familiares.


Algunos jóvenes han perdido el sentido de la fe porque simultáneamente han perdido el sentido de muchas otras realidades. El vacío de sentido existencial acontece de muy variadas formas y también eclipsa el sentido de fe, el sentido trascendente de la existencia, el sentido de ciertos valores y el sentido de la vida espiritual y la interioridad.


Los adultos tenemos que acompañar el proceso de falta de sentido de muchos jóvenes sin actitudes defensivas y sin respuestas hechas. Esos cuestionamientos pueden sacudirnos porque también –en gran medida- nosotros mismos estamos cuestionados o nos cuestionan muchas realidades o nos cuestionamos muchas certidumbres y seguridades que no son tales. También los adultos tenemos nuestras propias crisis de sentido.


Los cuestionamientos de los jóvenes son ocasiones para poder sincerarnos en nuestras propias búsquedas, incluso aquellas que aún no tienen respuestas, ni certezas. Nosotros también tenemos dudas, inseguridades, incertidumbres y falta de sentido. No sólo porque vivimos en la misma sociedad que los jóvenes sino porque,  además, compartimos también sus preguntas y cuestionamientos.


Transitar junto a los jóvenes la búsqueda, con sus dudas y sombras, puede ser tan valioso como señalar el camino. Hacerlo juntos es más existencial y pedagógico. El adulto –ya sea padre o madre de familia, docente, catequista o cualquier otro rol de referencia- tiene que saber que la fe no es algo adquirido sino una búsqueda de sentido, un camino nunca concluido, una esperanza y una promesa por transitar.


La pedagogía de la pregunta puede ser, en estos casos, mucho mejor que la elaboración de una respuesta. Transitar la pregunta, inicia el camino. Además cada respuesta genera, a su vez, nuevas preguntas que posibilitan el dinamismo en la consecución del camino.


La empatía en la situación con sus temores, equivocaciones y desaciertos puede ser mejor que una respuesta que no requiere el testimonio personal. Hay que compartir, aunque más no sea, el testimonio de la propia vulnerabilidad. El adulto no es el que tiene todo conseguido sino el que nunca interrumpe el camino. Eso es lo garantiza el crecimiento y la madurez.


Fuente: Yo Creo – Autor: P. Eduardo Casas


 
 

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