Familia hoy: un problema en busca de respuestas (I)

EL Lic. Pérez Bahamonde aborda los desafíos que enfrenta el modelo familiar en la actualidad y analiza posibles respuestas para superarlos.

 
Familia hoy: un problema en busca de respuestas (I)

Pocos son los que hoy  se atreven a poner  en duda la importancia de la familia para el desarrollo integral del niño y de los demás miembros que la conforman. La necesidad de acogida, de reconocimiento y de afecto, son factores  primarios y fundamentales valorados por todos para el despliegue del potencial que anida en cada ser humano, y estos valores sólo los puede procurar, en primer término, la familia. De hecho, la carencia – por defecto o por exceso -  de los mismos determina en buena medida la suerte futura del niño y su posterior integración en la sociedad; de esto no cabe la menor duda.


Sin embargo, no todo son luces y, quien más quien menos, mira con profunda preocupación  la realidad de la familia en nuestra sociedad. De un tiempo a esta parte,  la institución familiar  viene siendo seriamente golpeada  por los cambios  “profundos y acelerados” que se advierten por doquier. La situación, como digo,  es preocupante porque  estos cambios están demoliendo aquel “orden familiar” de antaño que se creía intocable. En buena lógica, y como resultado de tales cambios, ya casi no se sabe qué está bien ni qué está mal porque no hay parámetros claros, modelos a los que atenerse a la hora de orientar la vida de la familia. 



La profundidad y la aceleración de los cambios antes mencionados,  por lo demás inevitables,  nos obliga a decir unas palabras sobre  su incidencia  en la institución familiar para brindar un poco de claridad a quienes han asumido la encomiable tarea de educar y llevar adelante la familia. Es verdad que sobre el tema se ha escrito  mucho y no faltan análisis altamente competentes de profesionales del ramo – sociólogos, educadores, psicólogos, etc. – que se ocupan asiduamente del tema. De todos modos, y sabiendo que he de ser breve, me animo a presentar esta reflexión a los lectores.


A mi modo de ver, el problema  que vive la institución familia requiere, en primer lugar, un buen diagnóstico, de otro modo difícilmente  pueda  aventurarse una respuesta adecuada. Por consiguiente, la primera parte de la reflexión se ocupará de las causas que han generado el problema  y sólo después  señalaré  posibles soluciones que ayuden a despejar un poco más el panorama de esta gran  institución que es la familia.


Origen de la Crisis


La institución familiar es tan antigua como el hombre. La afirmación, aunque evidente, resulta crucial para  emitir un diagnóstico serio sobre su situación actual. La familia, más allá de sus formas, ha sido, es  y será fundamental para el desarrollo de las personas.


Ahora bien, la humanidad, por su misma dinámica y los desafíos de supervivencia a los que se ha visto sometida a lo largo de la historia, ha ido generando distintas estructuras de convivencia que terminaron por darle forma a  instituciones tales como la política, la religión,  educación y, especialmente, la familia.  Para el caso que nos ocupa, preciso es mencionar  “el patriarcalismo”. Como su mismo nombre sugiere (pater – arjé: gobierno del padre) la estructura patriarcal se  ha caracterizado por la preeminencia de la figura del padre sobre el resto de los miembros de la familia.


El ordenamiento social  que de allí se derivaba era esencialmente verticalista: el padre arriba, en el vértice de la pirámide y a continuación  todos los demás: esposa e hijos. En el orden político, por ejemplo, el rey ocupaba la cima de la escala social y  a continuación se desplegaban los otros estamentos hasta llegar  al pueblo, la base de la pirámide.


Este modelo patriarcal no surgió de la nada sino que era  el lógico resultado de lo que se ha dado en llamar la “cultura rural”. Es decir, el ser humano por largo tiempo y para  procurarse el correspondiente sustento, se dedicó a la agricultura. Y puesto que la actividad agrícola exigía esencialmente  “fuerza muscular”, en razón de la misma se  explica  que el varón, y no los otros miembros,  ocupase un lugar tan relevante. A la postre, fue la fuerza la que determinó el ordenamiento de las diferentes instituciones entre las que se cuenta, claro está, la familia.


En buena lógica, todo lo que estamos diciendo exigiría un análisis más detallado para percibir  en su justa dimensión el proceso de toda la estructura patriarcal; sin embargo, para nuestro propósito,  es suficiente  la constatación. En esencia, lo que en realidad aquí  interesa no es el dato socio-histórico, cuánto la realidad, el funcionamiento interno de la institución familiar “patriarcal”.


A este respecto voy a señalar dos elementos, a mi modo de ver, fundamentales para entender el cambio que ha experimentado la institución familiar. En relación al lugar, al “hábitat”, es bien sabido que el medio rural  facilitó un espacio amplio, abierto. El pueblo,  la calle,  la casa eran lugares de encuentro. Es decir, el espacio de la familia no se limitaba al particular de la casa como lugar de pertenencia y reconocimiento de las personas; a tal punto que, se puede decir, el pueblo  venía a ser una gran familia.


Las relaciones, por consiguiente, eran abiertas y plurales. A esto se sumaba la escasa movilidad social: se nacía, se vivía y moría en el mismo pueblo. Las relaciones, en un espacio de estas características, eran constantes y fluidas. El niño, en particular, no limitaba su relación a los cercanos – padres, hermanos, etc. –; su marco familiar, por el contrario,  terminaba siendo más plural y más rico. Tíos, primos y tantos otros adultos y compañeros  conformaban una red de relaciones  trascendental para su vida. Este ámbito resultaba, además  de capital importancia para su desarrollo afectivo. La acogida  y el reconocimiento  que sus padres tal vez no le podían brindar, lo recibía a través de otras personas cercanas. El niño, en resumidas cuentas, no era un ser “abandonado” o “solitario”. En síntesis y para que nos entendamos: dentro del sistema patriarcal el niño no necesitaba asistencia psicológica, como hoy se suele decir.


Rápidamente podemos constatar la importancia de esta situación favorable cuando la contrastamos con lo  realidad que hoy se vive. Todos somos plenamente conscientes del efecto que ha tenido sobre la vida de los niños el hábitat urbano. El espacio se ha limitado de una forma notable, achicando -al mismo tiempo- aquella red de relaciones que hemos mencionado más arriba. La necesidad afectiva de acogida y reconocimiento continúa  siendo un factor constante e invariable, de eso no hay duda (es una necesidad casi biológica) pero la respuesta ya no es la misma. Ahora se centra fundamentalmente es la figura de los padres y de los más cercanos – abuelos, por ejemplo – y claro, éstos no siempre saben o pueden responder a tales necesidades. Quizá encontremos aquí una de las razones del “malestar” de los niños  que se traduce en conductas ciertamente alarmantes: violencia, irritación, rebelión, rechazo de  consignas, etc.


Hasta aquí  lo relativo al espacio. Ahora  diremos unas palabras sobre el modelo relacional familiar. Dadas las características del sistema patriarcal – verticalista – no cabía esperar relaciones directas, cara a cara; al contrario, lo funcional dominaba sobre lo personal, lo qué se debe sobre el propio sentimiento y el deseo personal. En este contexto, el padre se presentaba como el “dueño”, el “amo” de la prole sobre la cual ejercía  un dominio absoluto. La esposa, los hijos, eran -fundamentalmente-objetos de “posesión”   que le debían obediencia y  sumisión a ultranza. Por lo demás, esta posición exclusiva y excluyente se veía  reforzada por su rol de  “proveedor” único, por ser dueño y señor de su pequeña empresa productiva: el campo. Ninguno de los miembros de la familia, en consecuencia, contestaba sus órdenes pues todos dependían de él. Todo en la familia, aparentemente, funcionaba a las mil maravillas: esposa sumisa, hijos sumisos. El orden familiar estaba garantizado. Pero claro, en un abrir y cerrar de ojos, la situación cambió y ¡cómo! Habiendo desaparecido aquel viejo  modelo de producción – del rural se pasó a lo industrial y  la cabeza comenzó a sustituir a los músculos- la figura del padre dejó de ser hegemónica. Ahora ya no es proveedor exclusivo, ni dispone de su pequeña “empresa” sino que debe alejarse y trabajar para otros. A todo esto se le suma  el rol de la mujer-esposa, más activa y protagonista merced a su entrada  en el mundo laboral. ¿Y los hijos? Lo cierto es que  ya no se someten a la voluntad paterna tan dócilmente, al contrario, buscan hacer valer sus demandas porque, más que objetos de posesión, se sienten sujetos.


El diagnóstico,  aunque a vuelo de pájaro, explica sobradamente la situación de “malestar” que se respira en el seno de la familia. Ahora bien, ¿qué hacer? ¿Cabe alguna salida? Por supuesto, y aunque a grandes rasgos, vamos a ofrecer algunas  estrategias que permitan responder a este gran desafío.


(Continuará)


Lic. Luis Pérez Bahamonde


 

 
 
  • Juan Carlos Sosa
    Que alegria saber que publican cosas de Luis,lo conozco desde hace años,soy de Rio IV -Cordoba. Los felicito por Yocreo.com !!!

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