Héroes: no hay niños que no los merezcan

Acostumbrarse a ver chicos de la calle pidiendo dinero representa un drama cotidiano del que ya nadie se sorprende.

 
Héroes: no hay niños que no los merezcan

Al fondo del colectivo iban sentados, en el último asiento, tres niños de los que viven a la intemperie. Lo de "viven" es una forma de decir, tan inexpresiva como "en situación de calle", que no por menos discriminatoria es más fiel a la tragedia de no tener absolutamente nada. El 152 iba lleno y yo llegué como pude al caño al lado de la puerta trasera, al que me aferré a la espera de tiempos mejores. Concentrado en evitar los codazos y empujones, no vi a los niños hasta que los tuve enfrente. Y antes de que me diera cuenta de lo que hacía, sentí que mi mano libre apretaba mi bolso con fuerza, como si una luz de alerta se hubiera encendido en algún lugar de mi instinto de supervivencia urbano. No podía negarlo, la luz interior estaba en rojo. La razón eran los tres niños, sucios y malolientes, que no dejaban de mirarme mientras jugaban entre sí.


Acostumbrarse a ver niños sin hogar que piden dinero por la calle representa un drama cotidiano del que nadie se sorprende, aun cuando esa indiferencia marca el primer paso hacia el precipicio del cinismo o de la ceguera social. Ocurre en todos los lugares del mundo donde la miseria se ensaña con los más débiles, y la consecuencia de negar la desesperación ajena siempre es la misma: un doble aislamiento impenetrable, un abismo cada vez mayor entre pudientes y desposeídos, y un sordo rencor mutuo que no tarda en traducirse en violencia. Durante un tiempo viví en Río de Janeiro, y en el centro carioca nada me daba más pavor que toparme con un grupo de meninos da rua, niños que no tienen nada que perder y que muchas veces van armados. Tragedias como la "matanza de la Candelaria", del 23 de julio de 1993, cuando dos policías militares brasileños abrieron fuego contra los más de 70 menores que dormían en la escalinata de una iglesia carioca, hablan del odio y el resentimiento a los que se puede llegar si la convivencia se desentiende de la piedad.



La conciencia de que la deshumanización empieza por la desconfianza hacia gente con dientes de leche no me ayudó a relajarme, y la verdad es que cuanto más me miraban los chicos, más inquieto me sentía. En la parada de Paseo Colón al 600, el niño sentado junto a la ventanilla se asomó para pedirle una moneda a un hombre canoso que, en la calle, esperaba otro colectivo. "No me la regalés, yo después te la devuelvo", dijo el chico, y la gracia de esa mentira inocente dibujó una sonrisa en el rostro del señor. "¿Ah, sí? ¿Y cuándo me la vas a devolver?", le contestó. "Mañana", cerró el niño, mientras el colectivo arrancaba. El diálogo causó risas y discusiones entre los infantes, que aprovecharon para intercambiar cachetazos y asientos como émulos pobres de los hermanos Marx. Al ver la puerta abierta, uno de los tres bajó sin avisar; los otros no reaccionaron a tiempo, y sólo atinaron a levantarse para saltar del colectivo en la parada siguiente. "¿Me tocaría el timbre, por favor?", me pidió el más alto del grupo, con unos modales que me sorprendieron. Estábamos a la altura del Luna Park. Quizá no tendría que haberlos seguido, pero los seguí.



A lo lejos vi que el chico que había descendido primero del 152 corría para encontrarse con sus amigos, y cuando los tres volvieron a estar juntos avanzaron en dirección a plaza Roma.



En la plaza se acercaron a un vendedor de panchos, consiguieron un pan que compartieron, y una vez terminado se dedicaron a acosar a los oficinistas a la caza de dinero. El más alto me persiguió unos metros, y cuando finalmente le di unas monedas le pregunté si me las devolvería. "Ah, ¿me escuchaste?", me dijo, avergonzado como el niño que es. Le expliqué que sí, y que de hecho me preguntaba dónde vivían. En lugar de hablarme de algo parecido a una casa me contestó que tienen más amigos en Retiro, y que al rato seguramente aparecerían por allí. "¿Y tus papás?", pregunté, con miedo de la respuesta. En ese momento llegaron sus dos compinches, y el más chiquito de todos identificó mi acento extranjero y me preguntó de dónde era. Cuando le conté que mi tonada era una herencia tras haber vivido mucho tiempo en México, sus ojos se iluminaron y pasó a detallar la vida, obra y milagros de los personajes de El Chavo del 8. Los otros le discutían y lo empujaban, en definitiva, como los niños que son. En lo único que coincidían era en que el mejor era don Ramón, por cierto el que nunca tiene dinero y siempre encuentra una excusa para no pagar el alquiler. Los tres chicos estaban abandonados a su suerte, pero por lo menos tenían un héroe. No hay niño que no merezca uno, me dije, con la esperanza de que alguno los quiera rescatar..



Por Leonardo Tarifeño  | LA NACION



 


 
 
  • Sofia
    Debo reconocer que me llamó mucho la atención cuando encontré esta nota el domingo pasado en el diario. Acostumbrada a leer noticias de política en esas páginas, me sorprendió ver algo tan sencillo y que nada tenia que ver con las notas que estaban al lado, sobre la opinión de salud de la presidenta. Creo que esta curiosidad, me llevó a leerla detenidamente. Me gustó mucho como estaba redactada la crónica, ya que siendo estudiante de Comunicación, uno tiende a ver más allá de ciertas cosas...que bueno sería que se escribieran artículos de este estilo más seguido, y sobretodo, verlos en medios hegemónicos como este diario! Felicito al autor, por ultimo, excelente crónica! Saludos!

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