La familia: custodia del misterio de Nazaret

Cada vez que hay una familia que custodia este misterio, aunque esté en la periferia del mundo, el misterio del Hijo de Dios, el misterio de Jesús que viene a salvarnos, está actuando

 
La familia: custodia del misterio de Nazaret

En su carta del mes de febrero Monseñor Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, invita a hacer de la caridad una actitud de convivencia de toda familia. Les proponemos fragmentos de la misma.



La familia de Nazaret —decía el Papa en una de las catequesis que está dedicando a este tema— nos compromete a redescubrir la vocación y la misión de la familia, de toda familia. Y, como ocurrió en aquellos treinta años de Nazaret, así nos puede suceder también a nosotros: hacer que el amor sea normal y no el odio, hacer que la ayuda mutua sea algo común, no la indiferencia o la enemistad.


Dios quiere que en toda familia —sea de origen natural o sobrenatural— reine siempre la generosidad, que es fuente de armonía y de paz. De este modo, recreando día a día el ambiente de Nazaret en cada hogar, cada vez que hay una familia que custodia este misterio, aunque esté en la periferia del mundo, el misterio del Hijo de Dios, el misterio de Jesús que viene a salvarnos, está actuando. Y viene para salvar al mundo. Ésta es la gran misión de la familia: hacer sitio a Jesús que viene, recibir a Jesús en la familia, en la persona de los hijos, del marido, de la mujer, de los abuelos, porque Jesús está allí. Acogerlo allí, para que crezca espiritualmente en esa familia. Y, análogamente, en la gran familia de la Iglesia.


La familia basada en vínculos naturales tiene como fundamento el matrimonio, situación estable y definitiva entre un hombre y una mujer para cumplir el mandato de Dios en la creación. Para los bautizados, como sabemos bien, el matrimonio es además un sacramento: canal por el que llega a los cónyuges la gracia específica de su estado, imagen de la unión de Cristo con la Iglesia. Por esto pienso siempre —escribe nuestro Padre— con esperanza y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino —sacramentum magnum! (Ef 5, 32), sacramento grande— de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. (…)


San Josemaría daba a los esposos unos consejos nacidos de su experiencia y de su ministerio sacerdotal. En una ocasión, respondiendo a una pregunta que le hicieron en Buenos Aires, exhortaba: ¡Quereos de verdad! (...). Desde luego, delante de los hijos, no riñáis jamás; que los niños se fijan en todo, y forman enseguida su juicio. No saben que san Pablo ha escrito: qui iúdicat Dóminus est (1 Cor 4, 4), que es el Señor el que juzga. Se erigen en señores, aunque tengan tres o cuatro años, y piensan: mamá es mala, o papá es malo: ¡es un lío tremendo, pobres criaturas! No provoquéis esa tragedia en los corazones de vuestros hijos. Esperad, tened paciencia; y ¡ya reñiréis!, cuando el chico esté dormido. Pero poquito, sabiendo que no tenéis razón.


Todos podemos hacer nuestros estos consejos, que ayudan a salvaguardar la convivencia fraterna con las demás personas. Hay que meterse el carácter en el bolsillo —decía con buen humor nuestro Padre— y, por amor de Jesucristo, sonreír y hacer agradable la vida a los que tenemos junto a nosotros. No supone algo extraño —somos seres humanos, no espíritus puros— que, en algún momento, se escape una reacción desabrida o de mal genio, fruto de la soberbia personal, capaz de enturbiar la convivencia entre las personas. Pero contamos con el remedio al alcance de la mano: saber pedir perdón, mostrar de un modo u otro que nos duele haber causado un disgusto a alguien.


(Fuente: Opus Dei)


 
 

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