La inmensa paciencia de Dios con nosotros

Comentario del Evangelio del Domingo III de Cuaresma por Emilio Rodríguez Ascurra.

 
La inmensa paciencia de Dios con nosotros


Dios nos conoce por nuestro nombre, sabe quiénes somos y cómo somos, nuestras cualidades y defectos, aquello que nos alegra y lo que nos aflige. Ante la pregunta de Moisés acerca de qué diría a sus contemporáneos sobre Él, le responde. “Yo soy el que soy”, ningún otro sino este mismo.


Aquel que se revela a Moisés se comunica por su intermedio a los hombres, sabemos que su autocomunicación vendrá luego a través del Emanuel, Dios-con-nosotros, el mismo Jesús. Mientras prefiere comunicarse a su pueblo de esta forma, y lo hace mostrando la intrínseca unión entre ser y obrar, no hay en Dios posibilidad alguna de separación entre su identidad mas profundad, esencial (aquello que es), y su voluntad de obrar. Afirmamos que Dios es Amor, es decir, se identifica con aquello que en cualquiera de nosotros sería una virtud, un adjetivo.


Mas simplemente, podemos decir que un hombre ama, que realiza acciones buenas (de allí que muchas veces digamos que es bueno), generoso, que dice la verdad, sin embargo diferenciamos al hombre singular de aquello que hace, lo consideramos virtuoso o no de acuerdo a su cercanía a estos principios del obrar. En Dios ser y hacer se identifican, no hay lugar a distinción, no hay oportunidad de apariencia, sino que Dios es amor, Dios es bueno, Dios es generoso, Dios es la Verdad, en él nada es parcial, no posee grados de bondad, belleza, generosidad, sino que lo es en grado máximo, en sí mismo.


Pues bien, para esto Dios ha utilizado a lo largo de la historia de la humanidad a intermediaros que lo anunciasen al pueblo, que hablaran de Dios a los hombres, en un primer momento los profetas, luego el mismo Cristo, máxima expresión de su amor redentor, luego su Iglesia toda, con sus pastores como guía, a quienes les ha confiado este ministerio de modo especial y único.


Por ello Dios sigue hablando a nuestro mundo, revelándose en sus acciones, en la Gracia que debe ser acompañada con nuestra coherente forma de actuar, de otra forma queda infructuosa en nosotros, como la higuera. Como dice el apóstol “el que se cree muy seguro ¡cuídese de no caer!”, es decir que es necesaria una continua conversión, y ésta sólo es posible si reconocemos la Gracia que habita en cada uno y desea transformar nuestra vida, haciéndonos cada día más semejantes a Dios, pues hemos sido creados a imagen y semejanza, es el mal que habita en nosotros por nuestra condición humana corrompida el que nos pone en desafío de conversión.


El tiempo de cuaresma es un tiempo especial de revisión de nuestra propia conducta, de nuestro obrar cotidiano, pero sobre todo de la coherencia entre nuestro ser cristiano y nuestro sincero actuar como tal, para que la brecha entre ser y actuar no nos conduzca por caminos de perdición, mucho menos nos haga cristianos de muestra, de parecer: de apariencia.


(Fuente: EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com)



 


 
 

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