La vida más valiosa

Vale cada vida porque es algo único, irrepetible, una maravilla en el horizonte de la historia.

 
La vida más valiosa

A casi todos nos gustaría vivir en un mundo justo, donde hubiese lugar para el pobre, el anciano, el enfermo, el disminuido mental. Son muchos los que no se limitan sólo a este hermoso deseo, sino que se comprometen de mil modos al servicio de los pordioseros, de los minusválidos, de las personas ancianas que viven solas en sus casas. Muchos ayuntamientos han arreglado calles para que puedan moverse con más facilidad las personas que van en sillas de ruedas. Algunos constructores preparan rampas y ascensores especiales para quienes tienen serios problemas de invalidez. Hay hospitales que se caracterizan por el trato humano y eficaz que ofrecen a los enfermos crónicos.


Junto a las señales positivas, no faltan situaciones de abandono y de discriminación hacia hombres y mujeres que sufren algún tipo de minusvalía. A veces se separa a los discapacitados de la vida familiar o se les esconde para que no sean vistos por los amigos y vecinos. Otras veces encontramos a ancianos que sufren profundamente porque sus hijos les han obligado a marcharse a una residencia para que no “estorben”. No es difícil descubrir en los hospitales a enfermos que pasan semanas y meses sin que casi nadie les visite o se acuerde de ellos.


En muchos lugares se ha llegado al extremo de buscar, por medio del diagnóstico prenatal, defectos o enfermedades físicas o psíquicas de los embriones y fetos con el fin de eliminarlos, de provocar un aborto para que no nazcan. Si la sociedad reacciona enseguida cuando escucha que una pareja ha abortado a un feto simplemente porque era “niña”, también deberíamos buscar maneras para que nadie pueda ser abortado porque tiene alguna enfermedad genética, porque es un niño Down o porque tiene un serio problema de hidrocefalia.


Hay que reconocer, ciertamente, que no es fácil acoger en la familia a un niño con problemas más o menos graves. Todos los padres desean que el niño (o la niña) nazca sano, que pueda crecer bien, jugar y estudiar como todos los niños del mundo. Es legítimo el miedo a ese hijo que nos parece va a sufrir mucho, porque quizá vivirá aislado, o porque necesitará continuamente medicinas y tratamientos especiales, o porque se encontrará con el desprecio de algunos compañeros o familiares que no son capaces de tener un mínimo de humanidad y de compasión hacia quienes no son “normales”, hacia los discapacitados.


Pero ese miedo puede ser vencido. Primero, porque cada vez hay nuevos instrumentos médicos para atender enfermedades que hasta ahora parecían incurables. Uno de los progresos más notables de la medicina consiste en operaciones y tratamientos médicos antes del nacimiento. Niños que estaban condenados a vivir con fuertes daños cerebrales por culpa de una inflamación prenatal pueden empezar a ser curados en el útero materno, lo que permitirá a algunos llevar una vida bastante cercana a lo normal.


De todos modos, todavía queda mucho por hacer en este campo. Si se invirtiese más en medicina para curar a los embriones y fetos y menos en la triste industria del aborto (que elimina los problemas con la “solución” de acabar con los embriones o fetos enfermos) se podrían lograr resultados muy prometedores.


El miedo al niño minusválido empieza a ser vencido cuando superamos esa mentalidad discriminatoria según la cual sólo acogemos en la vida social a quienes son sujetos “normales”. De hecho, nos resulta difícil definir lo que es “normalidad”. Son muchos los millones de adultos que tienen (¿tenemos?) problemas más o menos graves de salud física o mental (desde el stress hasta neurosis y psicosis, tal vez de cierta peligrosidad). Por lo mismo, ¿por qué excluir a quienes no llegan a satisfacer unos parámetros exigidos por los adultos o los “sanos”? ¿Pierde su derecho a vivir un niño Down por haber sido concebido con ese defecto? Una señal de auténtico progreso consiste en acoger a todos, enfermos, débiles, pobres o de raza diferente. Rechazar al que es distinto o al que no es “perfecto” implica volver a formas de intolerancia y de discriminación que no quisiéramos para ningún país que viva según justicia, en el respeto a los derechos humanos más fundamentales.


Es cierto que acoger a un minusválido en casa no es nada fácil. Cuesta mucho a nivel emocional y, por desgracia, también a nivel económico. Pero el amor es capaz de hacer milagros. Existen hogares que crecen infinitamente en sus valores humanos, en su unidad, al cuidar y ofrecer cariño a aquel familiar (pequeño o adulto) que tiene serias discapacidades. Son familias que se dan cuenta de que no todo es fiesta, ni vacaciones, ni coches nuevos. Se descubre todo un horizonte de valores humanos y sociales cuando los esposos dicen no al aborto y sí al respeto de la vida de ese niño en el que ha sido descubierto, en un diagnóstico prenatal, un defecto más o menos grave.


Es mucho lo que pueda “ganar” la familia o la sociedad al acoger a un niño enfermo. Pero eso es lo menos importante. Lo que importa es el valor de cada ser humano, también cuando no va a ser productivo, cuando va a sufrir poco o mucho, cuando va a vivir siempre de la mano de otros. Vale cada vida porque es algo único, irrepetible, una maravilla en el horizonte de la historia.


Todos queremos ser amados, y ellos, los minusválidos, también. Merecen todo el amor que podamos darles, porque son como nosotros. En sus sufrimientos y sus alegrías quieren, como nosotros los “sanos”, a alguien a su lado, alguien que les apoye en el camino de la vida, alguien a quien también ellos puedan apoyar con su sonrisa y con su gratitud profunda y sincera.


(Fuente: Catholic.net | Autor: Fernando Pascual)


 
 

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