Nunca es tarde para darle el timón a Dios

Cuando la muerte se percibe cercana nos enfocamos instintivamente en lo que es importante. Lo que es importante a la hora de la muerte también lo es ahora.

 
Nunca es tarde para darle el timón a Dios

En el siglo XIX el mundo parecía girar más deprisa. Al dejar atrás el llamado “siglo de las luces”, habían motivos para ser “positivos” respecto a los horizontes que se presentaban a la humanidad: los numerosos avances científicos, la evolución de la medicina, el crecimiento de las ciudades, hacían parecer que dentro de poco el hombre podría prescindir de Dios.


Y ahora, dos siglos después, cabe mirar atrás y reflexionar para aprender del pasado. Quizá la pregunta del millón sea: ¿estamos mejor que antes? Si miramos superficialmente por nuestra ventana diremos que sí: hay casas más grandes, mejores viviendas, más medicina, mayor consumo, aumento de bienes, más medios de comunicación y de mayor alcance…


Pero si pasamos de la superficie al fondo nos estrellaremos con una paradoja, pues, aunque hay casas más grandes y mejores viviendas, hay también mayor número de hogares rotos y familias reducidas.


¿Más medicina y mayor consumo? Sí, pero menos bienestar y más vacío. Y si los bienes y las telecomunicaciones han aumentado, ha sido a costa de los valores y dejando un saldo de menos relaciones humanas, menos comunicación.


Hemos llegado al espacio exterior, pero apenas nos atrevemos a cruzar la calle. ¿No será que hace falta un hilo conductor que dé un sentido a tanto avance sin rumbo?


En cuanto a la salud, la sacrificamos para poder aumentar un poco más nuestro capital, para tener unos ahorros prometedores que nos sostengan en la vejez sólo para después invertirlos en tratar de recobrarla.


Ya lo dijo Nietzsche en “La gaya ciencia” al palpar el vacío del hombre al correr sin una meta: “¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos a través de la nada absoluta? ¿El vacío no nos persigue con su aliento? ¿No hace más frío? ¿No veis venir sin cesar la noche más oscura?”


Esas paradojas, que pululan en nuestras ciudades y que nos topamos en cada esquina, tienen su origen en nosotros mismos como seres individuales.


¡Cuántas veces se nos escurre el presente de entre las manos pensando en futuros que tal vez nunca lleguen o añorando pasados que no volverán!


De nosotros depende si repetimos los errores del pasado, si los volvemos costumbres. No está el problema en el camino que recorremos, sino en el eje en torno al que orbitamos. Hemos puesto ahí nuestros intereses particulares, lo efímero, lo urgente y no lo importante.


Nunca es tarde para darle el timón a Dios. Es curioso que cuando la muerte se percibe cercana nos enfocamos instintivamente en lo que es importante. Pues bien, lo que es importante a la hora de la muerte también lo es ahora.


(Fuente: Tony Flores)


 
 

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