Razones para el optimismo

Es cierto que a veces la vida es dura, pero también lo es que a veces nos quejamos demasiado.

 
Razones para el optimismo

Dicen que todo se pega, menos la hermosura. Entre ese “todo” está el pesimismo.


Tener pesimistas en tu entorno es tóxico y peligroso. Y, curiosamente, no nos lo suelen advertir.



Sin embargo −tiene bemoles la cosa− sí nos subrayan que el optimismo es contagioso. No querrán que nos situemos en posición de prevengan… ¡Pero si lo que necesitamos es una epidemia, qué digo epidemia, una pandemia de optimismo!



Esos señores de negro…


A veces, te encuentras en la barra del bar, en la calle, en la oficina, a gente que parece la página de sucesos con patas. O la de necrológicas. Solo te cuentan lo malo. Todo lo ven negro. Siempre. Sin excepción. Y, cuando hay algo irrefutablemente positivo, te advierten: “seguro” que se acaba.



En varias ocasiones te he hablado de la importancia de sonreír, de intentar hacer la vida agradable a los demás, de repartir alegría.



Es verdad que la vida tiene contrariedades. A veces, nos tomamos las pequeñas como grandes. Como cuando no nos funciona el ascensor: señal de que lo tienes. O cuando te ponen la calefacción central un poco alta y el piso se calienta en exceso… Piensa en quienes no tienen ni calefacción, ni piso (estos días he visto en Madrid −da dolor− a varias personas durmiendo bajo cartones; también se ven en Pamplona). Te comentaba que sufrimos contrariedades: como cuando al móvil se le está acabando la batería. Eso nos aporta dos datos. El primero: tenemos móvil; el segundo, a falta de cargador, en breve estaremos desconectados, ¡libres! Que, a veces, qué bien nos vendría…



Ponte las gafas de color de rosa


Pero que me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Que quería hablarte de optimismo. Recuerdo haber visto en las redes (hará un par de años, era plena crisis) la fotografía de una camioneta comercial que, rotulada en su parte posterior, gritaba: “¡El vaso está medio lleno!” Yo a ese tío le compro; le compro aunque sea…  la actitud.



Te hablo del vehículo y su chofer y recuerdo esa cita de que “el optimismo es la fe que conduce al éxito”. Nos la decía la escritora estadounidense Hellen Keller, por cierto ciega y sorda, que añadía: “Nada puede hacerse sin esperanza y confianza”.



Y si, como escribía −también en inglés− H.G. Wells, finalmente tu optimismo resultara injustificado al menos habrías vivido de buen humor. ¡Y que te quiten lo bailao!



Es cierto que a veces la vida es dura. Pero también lo es que a veces nos quejamos demasiado. Somos tan miopes para tantas cosas buenas, cotidianas… que necesitamos ponernos gafas. Si puede ser, aún mejor, con los cristales de color de rosa. En beneficio propio y de terceros.



Quizás me digas que parte de la actualidad diaria no invita, precisamente, al optimismo. Y esto me recuerda una frase de Churchill. El mismo Churchill que se autocalificaba de optimista, porque “no parece muy útil ser otra cosa”. Afirmaba el que fuera primer ministro de Reino Unido: “Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”. Por cierto, si conoces a alguien a quien le pasa esto último hazle un favor: prescríbele −son tres minutos− que lea mi post “No te tomes tan en serio”. Seguramente, le vas a dejar contento. Y a mí, también.



Al grano


Acabo con un chiste que me contaron anteayer y que me animó a escribir el post. Léelo desde el animus jocandi con que lo escribo:


Dice que se encuentran dos amigos y uno le comenta al otro:



− Chico, tengo un grano aquí −se señala bajo la barbilla− desde hace unos días…



− ¡Ay, mírate! ¡Eso es, probablemente, malo! Es malo seguro. Mírate. Además, tu padre murió de cáncer, ¿no? Ay, ay, ay…



El del grano, que ya era aprensivo, se queda hecho polvo. Con un nudo en la garganta decide volverse a casa. Mientras se va montando una película de terror sin otro fundamento real que un pequeño grano; y la conversación con ese amigo destalentado que sabe de medicina lo que yo de trigonometría.



De camino al hogar se da de bruces con otro amigo, que le saluda jovialmente.



− No estoy para bromas, le dice el del grano. Mira lo que tengo bajo la barbilla.



− Un granico, ¿y?



− ¡Cómo “y”! ¡Que esto es malo seguro! Que mi padre murió de cáncer…



− Anda, tío, no te agobies por adelantado. Mírate y verás que no es nada. Además, ¡quién te asegura que tu padre fuera tu padre!



Pues eso, que como subrayaba Franklin, no anticipemos las tribulaciones ni temamos lo que seguramente no nos puede suceder. Y añadía: “Vivid siempre en un ambiente de optimismo”.



Sabemos bien que el optimista tiene siempre un proyecto; y el pesimista una excusa. Y de excusas estamos sobrados. Necesitamos proyectos. Y ponerlos en marcha. Recuerda −también lo afirmaba Hellen Keller− que “ningún pesimista ha descubierto nunca los secretos de las estrellas, ni navegado a tierras inexploradas, ni ha abierto un nuevo espíritu humano”.



¡Ánimo!



Fuente: Almudi.org – Autr: José Iribas



 
 

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