Sonríe. Dios te ama

Una calcomanía pegada en el parabrisas de un auto me trajo el recuerdo de mi niñez.

 
Sonríe. Dios te ama

 “Por alguna razón, por una razón muy concreta, estoy trabajando en la virtud -¡sí, la virtud!- de la sonrisa” , me dijo un amigo. “Es que el rostro es uno cuando estamos serios, y otro muy diferente cuando sonreímos”, concluyó.


Seamos francos: durante el día muchas cosas pueden hacernos un hombre serio. Problemas de trabajo. Complicaciones en la familia. La economía. Las traiciones y especulaciones de quienes creemos que deberían “facilitarnos” la vida.


Entonces el rostro se desdibuja. Se pone tenso. Se agrieta. Se pone gris.


La sonrisa, en esos momentos, es una cima –al parecer- inalcanzable. Un risco inabordable.


Hace muchos años, un grupo de cristianos, habían calcado una frase que se hizo –en esos momentos- muy popular: “Sonríe, Dios te ama”.


Otro hombre, a quien quise mucho, repetía cuando se le preguntaba cómo andaba: “¿Cómo puede andar un hijo de Dios?”.. Un hijo de Dios. Un Hijo, con mayúsculas. Un ser elegido por el Señor para llevar su luz, para demostrar que se puede. Que se puede todo y a pesar de todo.


La sonrisa debería ser como el documento de identidad del cristiano.


¡Somos hijos de nuestro Padre! ¡Somos elegidos para llevar la Fe a todos los rincones de la tierra!


Negar los problemas que se pueden tener es una elección estúpida.


Pero no reconocer nuestra procedencia divina, nuestro vínculo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y la Santa Madre, la Virgen María, es también una estupidez.


“Sonríe. Dios te ama”. Y Dios te quiere bien. Te quiere mucho. Y quiere que seas feliz.


Por eso debemos sonreír.


Por eso -¡y qué más querríamos!- debemos poblar nuestro rostro de los trazos de Jesús. Y ofrecer nuestra sonrisa a todos los que nos rodean.


“En eso conocerán que ustedes son mis amigos”..


(Fuente: Yo Creo)


 
 

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