Tres hombres a solas

Cuando lo urgente desplaza a lo importante, es necesario hacer un alto y replantearse dónde están las prioridades.

 
Tres hombres a solas

La velocidad con la que vivimos, las urgencias y preocupaciones del trabajo, los pocos momentos en familia que nos quedan luego de un día agotador, provocan que –muchas veces- los padres recurramos a regalos materiales para ofrecerles a nuestros hijos gestos de amor, frente a sus reclamos genuinos para que les otorguemos un lugar de mayor privilegio en nuestras vidas.


En los últimos días, uno de mis dos hijos le manifestó a mi esposa uno de aquellos reclamos que –a ciencia cierta- debía haber dirigido directamente a mí. Fue mientras se iban apagando las luces, y se terminaban las “pelis”, y había que ir a dormir para recomenzar al otro día, lo que habíamos comenzado hacía algunas horas, en esa reiteración cotidiana que también podemos santificar. En ese momento, donde no hay tiempo para sentar a tu hijo y escucharlo y dialogar, sino sólo para recibir el bombazo mientras él se quedaba dormido sin oportunidad para nuestra defensa.


Mi hijo me pedía, a través de mi esposa, que le diera más tiempo para él. Que “aflojara” con el trabajo, con las urgencias, con la velocidad. Que lo mirara. Que lo viera crecer. Que me ocupara también de sus problemas, como me ocupo diariamente de los problemas de otros, no tan cercanos, ni tan amados como él. Como ellos.


Mordí la amargura durante bastante tiempo, hasta que me quedé dormido. Pero cuando desperté, al día siguiente, el mensaje que mi hijo me había enviado, seguía quemando.


Mientras los llevaba al colegio a ambos, se me ocurrió que una de las maneras más importantes y efectivas para decirle que había “recibido” su mensaje en la botella, era invitarlos a comer a los dos a solas. Una cena de hombres solos. Una escapada con guiño materno para hablar de sus cosas y de las nuestras.


Anoche ellos se vistieron para una ocasión especial, y yo también. Regresé a casa antes que de costumbre y los encontré excitados y felices. Se chocaban en palabras para contarme todas aquellas cosas que tenían para contarme.


Cenamos los tres. Mis hijos propusieron un concurso de chistes que yo debía calificar. Se ensuciaron sus camisas nuevas y yo me permití pequeños excesos en la comida y en el helado. Nos reímos. Durante toda la noche mis hijos se acercaron a mis mejillas para darme besos y decirme que me amaban. Hablé de sus amigos y ellos me preguntaron sobre mis cosas.


Fue una noche muy importante. Por un momento no me interesaron los emails que me llegaban, ni los mensajes, ni los llamados siempre urgentes. Estaba disfrutando de mis hijos y ellos, estaban teniendo un poco de tiempo de calidad de su padre.


No parece muy difícil, ¿verdad?


O.M. © Yo Creo


 
 

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