Vivir para los demás

Si decimos que amamos a Dios, ese amor debe transformarse en hechos concretos de ayuda, de acompañamiento, de preocupación por los demás.

 
Vivir para los demás

La vida interior de todo cristiano debe tener algunas características que le son propias. Un cristiano debe proponerse un tiempo diario para la oración. Un cristiano debe ofrecer al Señor pequeñas mortificaciones (el frío, el calor, un sutil renunciamiento). Un cristiano tiene que tener ojos para las necesidades de los demás.


Esta “ruta” de nuestra fe tiene que manifestarse en hechos concretos. La vida interior y el servicio a los demás son las dos caras de una misma moneda.



Y cuando hablamos de “servir” a los demás, no deberíamos pensar en nada extraordinario. Dios no nos pide –por lo menos no masivamente- que tu y yo viajemos miles de kilómetros para ayudar a los más necesitados de un país lejano.



Dios nos pide que nos ocupemos de “nuestra propia periferia”, que son las historias que giran a nuestro alrededor: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, ese hombre que duerme en la puerta de nuestro edificio porque no tiene adónde alojarse, esa madre que ha quedado sola cuidando de sus hijos…



Esta característica propia del cristiano, este servir a los demás, hace que se note en nuestro rostro lleno de alegría. Por eso puede decirse que no hay alegría verdadera, si no hay compromiso verdadero con los demás.



Miremos a María, Madre del Amor Hermoso, y pidámosle un corazón generoso, que esté pendiente de las necesidades del prójimo, un corazón sin sectarismos, un corazón dispuesto a perdonar y a ponerse en el lugar de los demás, para saber comprenderlos y amarlos, tal como son.



(Fuente: Yo Creo)



 
 

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