"La fe de María Rosa" o cómo se vive la Pascua en carne propia

En el primer aniversario de la partida de nuestra amiga, publicamos nuevamente este artículo como un sentido homenaje.

 
"La fe de María Rosa" o cómo se vive la Pascua en carne propia

Me acuerdo bien de ese viernes. Llovió durante todo el día.

El tipo estaba enfrente de mí, y entre los dos había una mesa larga donde se apoyaban los retazos del último vino y la última frase dicha como para “acomodar” la charla. Entraba la luz gris y hasta el río se planchó recostado hacia el horizonte. Era la primera vez que veía a mi amigo desde la muerte de su compañera inseparable y sabíamos, ambos, que María Rosa se deslizaría en el primer párrafo del primer silencio.

- Desde que empezó todo, pasaron 32 días -me dijo como un disparo-. Ella se quejó primero de un dolor de estómago, pero no le dimos importancia. Pensábamos que algo le había caído mal y sin embargo, increíblemente, a la semana entrábamos en la pesadilla. Era un cáncer nomás –se acomodó la voz y siguió- el peor, el más agresivo, el que no da tiempo a repartir el peso de la mochila de la vida.

Un día, en el medio de los 32, en ese rincón del secreto amoroso buscado para no generar más miedo al ser amado enfermo, el padre y sus tres hijas se desahogaron. Se echaron nubarrones a los ojos, se abrazaron y decidieron que María Rosa tendría una autopista de amor en el camino hacia el Padre.

Nunca perdieron las esperanzas, pero decidieron que no se separarían de ella ni por un segundo. No hizo falta que nadie se los recordase, porque a partir de ese día, hubo una sola casa, una sola mesa y una sola cama.

Yo conocí a María Rosa hace tantos años que ya no puedo precisarlos. Vino prendida de la cola de la cometa de los amigos.

Nadie podía ser indiferente ante su presencia. Jamás la vi de malhumor y sus carcajadas salían bien de adentro, nacidas de esas almas que están auténticamente alegres. Y por eso, esas risas parecían borbotones.

De lejos se veía que su Fe era sólida, pero no solía hacer comentarios demasiado “clericales”. Por el contrario: era una Fe de acción más que de discursos.

Los tiempos se fueron acortando y la familia se aprendió de memoria los gestos y las miradas de los médicos diciendo que no había salida. María Roa se nos moría y, sobre todo, se les moría a los suyos.

Un día alguien me dijo que es muy fácil distinguir cómo ha vivido una persona. Sólo hay que mirar cómo enfrenta la muerte.

- Había días –recomenzó mi amigo- que no podía levantarse y entonces los cuatro nos tirábamos en la cama para estar con ella. Cuando nos quedábamos solos me decía “no te preocupes, sólo hay que saber esperar para conocer el plan de Dios”, y sonreía. Se miraba al espejo y veía cómo iba desapareciendo el rostro que conocía y aún así seguía sonriendo. Me cuesta entender hasta hoy cómo se puede tener esa Fe sabiendo que “un tren” se te viene encima. Ahí estaba, parada frente a la muerte y nunca se quejó, nunca dijo por qué a mí, nunca tuvo miedo…

Yo me enteré de su enfermedad a través de mi tío sacerdote que la asistió en los últimos días. “Quedate tranquilo, me dijo, yo he visto mucha gente de misa diaria desesperada frente al final. Ella no es así, está entera. Tiene una visión del Cielo que sobrecoge”, me despachó.

- Yo sabía que tenía Fe, pero nunca me imaginé cuánta, me dijo mi amigo y se cortó.

En el ambiente se nos cruzó la emoción, pero no la tristeza. Nos quedamos en silencio un buen rato, mientras la lluvia seguía golpeando el techo y mi amigo buscaba una palabra donde apoyarse y no caerse. Entonces me dio una de las lecciones de vida más hermosas que haya tenido la oportunidad de recibir:

- Yo tengo la firme convicción de que en su calvario, María Rosa fue asistida divinamente, ya que no es posible ningún otro supuesto. Todo el tiempo pienso que para muchos de nosotros fue necesario ver cómo enfrentaba la muerte, para entender la magnitud de su Fe. Ese fue su legado, para mis hijas y para mí. Nosotros fuimos testigos privilegiados para ver cómo dejan este mundo los que tienen auténtica Fe. Y entonces –terminó mi amigo- en tan doloroso escenario para nosotros, no puedo evitar mencionar la entereza, el coraje y su imborrable sonrisa sostenida por el último aliento.

Al filo del alba del 31 de diciembre del año pasado el timbre del teléfono quebró el silencio de mi casa. En la oscuridad manoteé el aparato mientras susurraba el nombre de mi amiga sabiendo que estaba ya en compañía de su Jesús y de su Padre. Por eso las palabras fueron cortas y sólo se me dijo que la enfermera había musitado:

- No se ven morir a muchos como murió ella. Ni el amor que la rodeaba.

Afuera, llovía.

OM © Yo Creo

 
 
  • NOMBREGraciela Mendonca
    DESCRIPCION: Conocí a María Rosa y a su familia, no tantas veces la vi pero compartó plenamente este relato, sé de sus carcajadas plenas, de su espíritu generoso y nunca le oí un mensaje clerical.... Su esposo, sus hijas...puf! una autopista al cielo en verdad. María Rosa cantaba en un coro, yo también, por eso puedo decir sin lugar a dudas que cantando la alabanza es mejor y en consecuencia las puertas del cielo se abren antes de llegar, y las rosas florecen y pefuman y la luz es infinitamente blanca y el traje que dejamos aquí es reemplazado por un liviano velo para que el alma no cargue peso. HASTA PRONTO MARIA ROSA! sólo te adelantaste... La Reina.
  • NOMBRE nanyeli
    DESCRIPCION nanyeli

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