Carlos de Foucauld, hermano de todos

La vida del Hermano Carlos. Su búsqueda espiritual, el compromiso de testimoniar el Evangelio entre los pueblos musulmanes del Sahara.

 
Carlos de Foucauld, hermano de todos

Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo (Francia) el 15 de septiembre de 1858 en una familia noble. Huérfano de padre y madre a la edad de seis años, permaneció junto a su hermana bajo la tutela de su abuelo, el coronel de Morlet. Su infancia fue triste, desarrollando un carácter impaciente.


De naturaleza inquieta y ardiente, y con una falta total de orientación para su vida, su juventud fue extremadamente disoluta. Perdió la fe a los dieciséis años.


Al llegar a la mayoría de edad entró en posesión de una rica herencia, la que dilapidó rápidamente. En busca de aventuras y por herencia familiar, decidió ingresar en la Escuela Militar de Saint-Cyr en 1878. Siendo subteniente marchó a África, allí participó en una expedición a Argelia. En 1882 solicitó licencia para emprender un viaje hacia el sur y estudiar a los árabes. No le concedieron el permiso, por lo que pidió su baja definitiva.


Tal como se lo propuso, realizó un viaje por Marruecos. En once meses recorrió casi 3.000 Km., en su mayor parte por terrenos desconocidos para los europeos. Empezó así un cambio muy serio de su vida. La dureza del viaje lo ayudó a purificarse; el contacto con la soledad del desierto y la fe de los musulmanes lo impactaron fuertemente.


La inquietud religiosa ya no lo dejó en paz.


En ese período de sus vida lee mucho, reflexiona y reza a su manera. La discreta influencia del Padre Huvelin (que se convertirá en su director espiritual) colabora en el proceso que desemboca en su conversión: “Tan pronto como creí que había un Dios, me di cuenta de que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para Él”.


La lógica de la fe en el amor lo lleva a emprender, con la ayuda de su director espiritual, la búsqueda de un modo de vida de imitación de Jesús. Así, durante la peregrinación que realiza a Tierra Santa descubre el Misterio de Nazaret, la vida oculta de Jesús, que será el modelo de vida que seguirá.

En enero de 1890 ingresó como monje trapense. Poco después pide ser enviado al priorato de Akbes en Siria, una fundación muy pobre donde pasa seis años. Insatisfecho aún, busca una más auténtica Vida de Nazaret. Su  superior finalmente aprueba su vocación de vida oculta y lo dispensa de los votos.

Se traslada entonces a Tierra Santa, donde vive en una casilla humilde entregado completamente a la contemplación y a la pobreza durante unos años.


Luego de viajar a Francia para ser ordenado sacerdote se establece al sur de Argelia en 1901. En los sucesivos recorridos por el desierto "en busca de los más abandonados" le será de gran utilidad la amistad de muchos oficiales franceses, antiguos compañeros de su época militar.

Allí vive su vocación de Vida de Nazaret, oculta y pobre, al servicio de todos los que entran en contacto con él. Pasa largas horas en adoración de la Eucaristía, escribe, vive como hermano de todos, acogiendo a pobres y enfermos sin distinción de raza o religión. Esta vocación de "Hermano Universal" es un aspecto importante de su espiritualidad: una llamada a encarnar el amor y el servicio hacia y entre los más humildes y abandonados, a través de la amistad y el testimonio silencioso. 

Atraído por el deseo de ponerse en contacto con las tribus Tuareg, a las que decide dedicarse, en 1905 se establece en Tamanrasset, en pleno corazón del Sahara.

Allí lleva la misma vida pobre y oculta. Para preparar el camino a los futuros misioneros lleva a cabo a lo largo de once años una enorme tarea lingüística de gran calidad científica, sin abandonar su vida de contemplación y de servicio. Su caridad conquista el corazón del pueblo Tuareg, creando así una nueva manera de presencia del Evangelio en un medio no cristiano.

Además de muchos intentos, sin éxito, por encontrar compañeros, realiza tres viajes a Francia con el fin de poner en marcha una Asociación de laicos con propósitos misioneros. A pesar de todos sus esfuerzos e iniciativas, siempre estuvo solo.

La guerra de 1914 dejó de sentir su influencia en el Sahara. Los partidismos de las distintas tribus por las diversas potencias dominantes desencadenan la persecución y el martitio del Hermano Carlos por el hecho de ser extranjero y cristiano. El 1 de diciembre de 1916, traicionado por uno de los que él había ayudado, es apresado y maniatado por una banda. Le dan muerte de un disparo en la cabeza. Su cuerpo queda en la arena del desierto como el grano de trigo que muere para dar fruto.


Al momento de la muerte del Hermano Carlos, todos sus proyectos se habían quedado en letra muerta, excepto una "cofradía" (hoy asociación) que contaba con unas decenas de adherentes en Francia.

Sólo después, y a partir del hallazgo y recopilación de su diario, sus escritos y cartas, el legado espiritual del Hermano Carlos fue conocido y comenzó a inspirar las vidas de muchas personas.


Recién en 1933 (diecisiete años después de su muerte) comienzan a constituirse las primeras "fraternidades". Estas congregaciones religiosas han dado a conocer la personalidad del Hermano Carlos, convirtiéndolo en una de las figuras espirituales que más han influido en nuestro tiempo. 


Su ideal de imitar lo más exactamente posible la vida y las actitudes de Jesús -"la imitación es la medida del amor", afirmaba- nos trae la frescura de un Evangelio vivido radicalmente, centrado en el Misterio de Nazaret.


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"Cuanto más se ama, mejor se reza", decía el Hermano Carlos. Fruto de sus largas horas de adoración a Cristo presente en la Eucaristía y de meditar la Palabra de Dios,  es la plegaria que transcribimos:


 


Padre mío

me abandono a Ti.

Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco.

Estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo,

con tal que tu voluntad se haga en mí

y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en tus manos.

Te la doy, Dios mío,

con todo el amor de mi corazón.

Porque te amo

y porque para mí amarte es darme, 

entregarme en tus manos sin medida,

con una infinita confianza. 

Porque tu eres mi Padre.

 


Fuente www.carlosdefoucauld.org

 
 

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