Criminal (I)

La historia de Guang-Zhong Gu, un sacerdote de la Iglesia "clandestina" china.

 
Criminal (I)

Por Theresa Marie Moreau


“¡Chu lai! ¡Chu lai!”

Guang-Zhong Gu despertó en horas de la madrugada, bañado en sudor, en el cálido Septiembre de Shanghai.

“¡Salga afuera!”, “¡Salga afuera!”, le gritaban unas voces desconocidas, mientras lo encandilaba la luz de una linterna. Se escuchó el sonido seco del cargador de una ametralladora, y el estruendo de puñetazos golpeando las puertas a lo largo del pasillo del Seminario de Xujiahui, en el que normalmente sólo se oyen las largas sotanas barrer suavemente el piso. Gu, seminarista de tercer año, de veintitrés años de edad, saltó de la cama. Vestido con pantalones cortos y camisa, metió rápidamente sus pies en un par de zapatos; no tuvo tiempo para ponerse medias. Salió por la puerta tambaleando y sin mirar atrás. Nunca más volvería a ver su cuarto. “¡Siéntense! ¡Miren hacia abajo! ¡No levanten la cabeza!”, gritó un oficial del distrito policial de Xujiahui. Haciendo señas con las manos, reunieron a más de 150 seminaristas y media docena de sacerdotes jesuitas, sus profesores. Y aunque habían estado durmiendo hasta hacía unos momentos, todos estaban completamente despiertos cuando se les mandó sentarse.

Eran las primeras horas de la madrugada del 8 de Septiembre de 1955, día tristemente recordado en China, en el que los comunistas arrestaron a cientos de niños y niñas, hombres y mujeres, laicos y clérigos. Todos ellos fueron arrestados por “criminales”; es decir, por ser católicos romanos. Los oficiales sacaron afuera a Gu, bajo arresto y esposado, y lo hicieron subir a empujones a un camión utilizado normalmente para cargar carbón. Se puso en cuclillas, y como todavía estaba oscuro, no pudo ver nada a su alrededor. Aunque había otros seminaristas a su lado, no pudo reconocerlos. El camión se puso en movimiento bruscamente, y Gu y los demás tambalearon. Sólo el sonido del motor y el crujir de las ruedas sobre el ripio llenaban los oídos de Gu. Nadie hablaba. El viaje duró diez minutos. El camión llevó a Gu a su nuevo destino: la comisaría de Xujiahui. Por seis meses, Gu esperó sentado en su celda. No hubo corte, ni juez, ni proceso. Sólo hubo espera. ¿Su crimen...?

Hoy, a los 72 años de edad, Gu (apellido que cambió por Koo al llegar a Estados Unidos), sentado en su oficina en la rectoría de la parroquia San León Magno en San José, California, mirando hacia adelante, levanta su dedo índice y señala a un criminal imaginario frente a él. Su voz toma un tono de autoridad. Golpea el aire con el dedo al enumerar los cargos en su contra, como si estuviera denuevo en prisión.

“¡El primer cargo es: Guang-Zhong Gu nunca se reconoció contrarrevolucionario!”

“¡El segundo es: Guang-Zhong Gu se unió a una organización contrarrevolucionaria, la Legión de María, y se resistió a renunciar a ella!”

“¡El tercero es: Guang-Zhong Gu nunca reconoció al obispo Kung como contrarrevolucionario!”

“¡Finalmente, Guang-Zhong Gu nunca reconoció a la Legión de María como una organización contrarrevolucionaria!”

“Mis cuatro crímenes”, dice Gu, sonriendo y haciendo un gesto de “no puede ser” con la cabeza. “¿Mi verdadero crimen? Haberme unido a la Legión de María”.

La formación de grupos de la Legión de María en China comenzó en 1948 con el padre W. Aedan McGrath, misionero irlandés de la Sociedad de San Columbano asignado a una capilla en Shangai, quien estableció esta organización católica en varias ciudades chinas. Meses después, al terminar los tres años de la guerra civil china que siguió a la Segunda Guerra Mundial, los comunistas derrocaron al gobierno y tomaron el país.

Estudiante de secundaria en 1951 en el Colegio San Francisco Javier (fundado por los hermanos Maristas y renombrado por su alto nivel en la enseñanza del inglés), Gu, proveniente de una familia por cuatro generaciones católica y bautizado con el nombre de Mateo, se unió con gusto a la Legión de María al ser invitado por un compañero del colegio. El padre de Gu, próspero hombre de negocios con su propia compañía textil en el sur de Shanghai, advirtió a su hijo que no se envolviera demasiado en la iglesia católica.

“A los comunistas no les gusta el catolicismo”, le dijo. Intolerantes hacia opiniones disidentes, el comunismo (único partido con poder político) jamás aceptaría el poder del Vaticano bajo cualquier forma en China. El comunismo prohíbe en China la ordenación de sacerdotes y la consagración de obispos.

Apenas se unió a la Legión de María, Gu sintió la presión de los comunistas sobre él y los demás miembros. La mayoría de los jóvenes permanecieron fieles; la descarada ostentación de poder de parte de los comunistas no los intimidó. Los legionarios no claudicaron ni con el arresto de McGrath, el 7 de Septiembre de 1951; ni siquiera cuando, un mes después, la Legión de María fue declarada organización contrarrevolucionaria y subversiva, cuyos miembros eran acusados de servir de espías para los Estados Unidos bajo el disfraz de la religión.

Monseñor Pin-Mei “Ignacio” Kung, quien había alentado a McGrath a fundar grupos de la Legión de María en Shanghai, exhortó a los jóvenes legionarios a permanecer fieles a la fe. Los comunistas interpretaron que Kung era el “cerebro” de la banda contrarrevolucionaria.

“Sean fuertes”, rogó Kung a los legionarios. “No hagan caso a los comunistas”.

“Nunca vamos a apostatar”, aseguró la mayoría. “Jamás voy a apostatar”, prometió Gu.

Oficiales comunistas del Departamento de Asuntos Religiosos constantemente vigilaban las actividades de culto y seleccionaban a quienes habían de ser arrestados. Los nombres eran remitidos a las comisarías de la zona, y los policías citaban a los desafortunados a presentarse.

Gu fue uno de los desafortunados. Ya en la comisaría, fue rodeado por investigadores, quienes le ordenaron renunciar a la Legión. Gu simplemente mantenía fija la mirada. En respuesta, la policía puso al adolescente bajo custodia por toda la noche. A la mañana siguiente, mientras él permanecía inmóvil, un oficial le tomó uno de los pulgares, lo mojó en tinta e imprimió sus huellas digitales en una hoja de papel; luego lo dejaron libre.

Los comunistas dejaron a Gu en paz… por el momento.

Por algunos años, Gu se olvidó de las amenazas y volvió a su ritmo de vida normal. A los 21 años recibió el llamado de Dios y entró en el Seminario de Xujiahui en 1953, el mismo año en que fueron expulsados de China todos los misioneros extranjeros. En los años subsiguientes, los comunistas, que habían catalogado a la religión como algo inútil y peligroso, arrestaron a muchos sacerdotes católicos.

Luego llegó la mañana del 8 de septiembre de 1955 (irónicamente, fiesta de la Natividad de la Virgen María), en que Gu fue llevado a la comisaría de Xujiahui, para ser después transferido a  distintos centros de detención, uno tras otro. Una tarde, estando sentado en el piso con las piernas cruzadas, la espalda reclinada contra la pared y los ojos cerrados, Gu escuchó que un guardia llamaba a alguien por su número. Gu no respondió, y el guardia gritó: “¡De ahora en más ya no tienes nombre!” El guardia lo hizo levantarse sujetándole los brazos detrás de la espalda, y lo llevó a un cuarto oscuro. “¿Vas a volver a rezar?” vociferó el guardia, mientras le retorcía los brazos y le ataba las muñecas con alambre de acero. “¡No, no!”, respondió Gu, adolorido. Cuando lo regresaron a su celda, le dejaron las manos atadas detrás de la espalda por una semana. “Comía como un perro. Me tiraban comida en el piso, y tenía que comer como un perro”, explica Gu, arrodillándose sobre el piso de cerámica de su oficina con las manos detrás de la espalda, para mostrar cómo hacía.

Tras un par de meses, los oficiales transfirieron a Gu a la prisión de Shanghai... (continuará).


 

 
 

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