Criminal (II)

Continúa la historia de Guang-Zhong Gu, un sacerdote de la Iglesia "clandestina" china. Los largos años en prisión y la fidelidad a Cristo.

 
Criminal (II)

Por Theresa Marie Moreau


Tras un par de meses, los oficiales transfirieron a Gu a la prisión de Shanghai en el distrito de Tilanqiao, donde cada una de las pequeñas celdas estaba repleta de presos. Cuando un preso se movía a la izquierda, el resto necesariamente se movía con él.

Tilanqiao. Sólo los peores criminales eran encerrados en Tilanqiao: violadores, asesinos, ladrones… y católicos. Un día, Gu oyó a un guardia llamar su número. “¡Sí!”, contestó él, mientras se paraba y extendía sus manos por entre las barras. El guardia sacudió una hoja de papel delante suyo. “Ésta es tu sentencia”, dijo.

No hubo corte, ni juicio, ni juez. Cinco años de prisión.

En cuestión de días, Gu, junto con docenas de otros presos, fue despertado a las tres de la madrugada con el sonido de un silbato. Fueron arreados hacia varios colectivos que los llevaron a la estación de tren de Za Bei, la antigua estación de Shanghai. Una vez allí, Gu y los demás se treparon a los vagones del tren, que servía para transportar ganado. Estando en total oscuridad, Gu no pudo saber cuántos presos había en su vagón. Tampoco supo cuántos días duró el viaje; cuatro, quizás cinco. Sólo les dieron pan y agua. Los vagones no tenían ventanas ni luz; sólo unos pocos ventiletes.

Pero sobre todo, Gu recuerda el frío, y una especie de palanganas de madera, bastante altas, que tenían que compartir para hacer sus necesidades. “Parecían barriles de cerveza”, dice, riéndose.

Con tantos presos, la suciedad pronto rebalsó los “barriles” e inundó el piso, por lo que decidieron orinar a través de los agujeros que encontraban en las tablas del vagón. Cuando por fin las ruedas del tren detuvieron su constante rodar, Gu oyó voces y golpes del lado de afuera: eran los guardias, que tuvieron que usar una maza para romper la orina congelada que había sellado la enorme puerta corrediza. Cuando finalmente la puerta se abrió, los presos instintivamente se cubrieron los ojos para protegerse de la blancura que los encandilaba: la nieve lo cubría todo. Al saltar de los vagones, se hundieron en la nieve hasta la cintura; luego, a duras penas comenzaron a avanzar. Después de caminar varios kilómetros, llegaron a la fábrica de ladrillos de Fularji, una cárcel de trabajo forzado en la provincia de Heilongjiang, no muy lejos de la gélida Siberia.

Gu fue puesto a hacer ladrillos por seis meses, custodiado por miembros del Ejército de Liberación Popular. Pero el 15 de agosto de 1956, fiesta de la Asunción de María, se le ordenó a Gu que tomara en tren de regreso a Shanghai. Oficiales vestidos elegantemente llegaron a Heilongjiang para recoger a los católicos y llevarlos de regreso a la ciudad para comparecer ante el juez. La sentencia de cinco años dada a Gu fue cancelada y sus cargos suspendidos. Gu tendría su juicio, para el cual tuvo que esperar, otra vez, en Tilanqiao.

Un día vino un hombre a verlo a Gu. “Soy tu abogado”, le dijo. “Tu familia me pagó ocho dólares para ayudarte a salir de la prisión”. “Yo no pedí un abogado”, le contestó Gu. “Yo no quiero un abogado”.

-“¿Estás seguro?”

-“Sí, estoy seguro. No quiero un abogado”, le dijo Gu, pensando: Lo único que tengo que hacer para salir de la prisión es apostatar, y yo jamás voy a apostatar.

El día de su juicio, Gu fue llevado a la Segunda Corte Popular Intermedia, en el distrito de Xujiahui, en Shanghai. “Entré a la corte esposado. Cuando me sacaron las esposas, como no me permitían hablar, me hice la señal de la cruz. Quise así mostrarles a los 300 católicos presentes y a mi familia que todavía era fiel a mi Iglesia, que no había apostatado”.

El juez le hizo algunas preguntas mientras revolvía papeles sobre su escritorio. Pasados unos veinte minutos, declaró cerrado el caso, se puso de pie y se retiró de la sala.

Al regresar de la corte al camión, Gu pasó delante de su madre. “Volveré a verte”, le dijo. “Un día volveré a casa”.

Gu fue enviado a un campo de concentración urbano en Shanghai, donde por un año (de 1956 a 1957) trabajó en una fábrica de medias. Estando allí se enteró de que había sido sentenciado a tres años en prisión. En la prisión, la comunicación entre los católicos no era fácil. Un día, después del almuerzo, Gu y un compañero de seminario salieron a rezar el rosario caminando. Los presos católicos, con la oración prohibida y los rosarios confiscados apenas descubiertos, aprendieron a improvisar. Descosían un poco sus medias, y al hilo que sacaban le ataban varios nudos hasta formar un rosario. El seminarista le pasó a Gu una carta en la que le decía: “Tenemos que ser fieles al Papa. Tenemos que ser fieles a Dios”. Gu, quien todavía soñaba con llegar a ser sacerdote, escondió la carta entre los pliegues de una manta que usaba de almohada y se olvidó del asunto, hasta que un día oyó un guardia llamar su número. “¿Quién escribió esta carta?”, le preguntó, sosteniendo el papel delante de Gu.

“Nunca les dije quién fue”, comenta Gu recordando ese momento. “Jamás traicionaría a un amigo”.

Seis meses después, los guardias lo interrogaron nuevamente. “Sabemos que fue Paul”, le dijeron. Él respondió: “Si lo saben, ¿para qué me preguntan?”

A consecuencia de la carta, Gu fue acusado de intentar formar una banda antirrevolucionaria en la cárcel.

En el invierno de 1957 se enteró de que se le había dado una sentencia adicional de siete años, además de los tres años de la sentencia anterior. Gu no recuerda si hubo juicio o no, pero sí recuerda que lo transladaron a Xining, capital de la provincia de Qinghai, para trabajar en una fábrica de herramientas. A los cuatro días de haber llegado, alguien lo acusó falsamente de intentar escaparse. Como castigo lo encerraron por nueve días en una caja, algo así como una casucha para perros. La caja era tan angosta que sólo podía estirar un brazo a la vez. Tampoco podía pararse, sólo gatear. No tenía ventanas; sólo una pequeña puerta corrediza por la que le tiraban la comida. El piso estaba cubierto de paja. Por nueve días tuvo que comer y dormir sobre su propio excremento. “Parecía un cerdo”, dice.

Después de que lo sacaron de su encierro, tuvo que trabajar 16 horas por día picando piedras. En la misma prisión, picando piedras en otro sector, estaba el Padre Zhong-Liang “Joseph” Fan, quien fuera rector del seminario en el que arrestaron a Gu en 1955. Aún estando en la misma prisión, nunca llegaron a verse.

Gu fue enviado a otras tres prisiones: Wongshike, Xing Zhe, y Wayuxiangka, conocidas como “laogais de reforma a través del trabajo”. Allí tuvo que arar de la mañana a la noche en los vastos campos de la provincia de Qinghai, a más de 3.000 metros de altura. Tierra virgen, cuya extensión se perdía en el horizonte.

La comida era pésima. Gu estuvo en Qinghai durante la época conocida como “los tres años de desastres naturales” (1960-1962), en los que se calcula que unos 20 millones de chinos murieron de hambre. El gobierno comunista había lanzado su primer plan quinquenal, cuyo objetivo era la producción masiva de hierro. Para llevarlo a cabo, miles de campesinos fueron transladados de los campos a las fábricas de hierro. Los campos quedaron sin labrar, lo que trajo como consecuencia una hambruna generalizada.

Gu estaba escuálido. Con una estatura de un metro setenta, su peso normal sería de unos setenta kilos. “En esa época llegué a pesar treinta y seis kilos. Estando tan débil, no podía levantar las piernas. Un médico intentó ponerme una inyección, pero estando yo hecho un puro esqueleto, no pudo inyectarme”.

Pasados los primeros cinco años de su encierro, en 1960 fue transladado a la prisión de Wayuxiangka, dentro de la misma provincia de Qinghai. Allí continuó trabajando la tierra, usualmente por períodos de trece horas ininterrumpidas.

Finalmente, en 1965 terminó su condena de diez años, y pasó a ser un ex-convicto... (continuará).

 
 

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