Criminal (III)

Culmina la historia de Guang-Zhong Gu, sacerdote de la Iglesia "clandestina" china. La formación para el sacerdocio en la clandestinidad, la huida y una vida hecha plegaria.

 
Criminal (III)

Por Theresa Marie Moreau


Finalmente, en 1965 terminó su condena de diez años, y pasó a ser un ex-convicto. “El gobierno le comunica a uno que su sentencia ha terminado. Uno ya no es un convicto, pero pasa a ser un empleado del gobierno. El lugar y el trabajo son los mismos, sólo que no hay guardias. Mientras uno es prisionero, tiene una sentencia determinada, pero al pasar a ser ex-prisionero, la sentencia es indeterminada. La prisión terminó, pero hay que seguir obedeciendo. Esa es la norma. Es absurdo”, comenta Gu.

Uno de los “beneficios” de ser un ex-prisionero consistía en poder visitar a la familia cada cuatro años. En una de sus visitas, Gu supo de la existencia de la iglesia patriótica.

Al hacérsele imposible destruir a la Iglesia Católica desde dentro, el comunismo trató de destruirla desde afuera, estableciendo una iglesia controlada por el gobierno e independiente de la Santa Sede. En 1949 la República Popular China había establecido el Movimiento de la Triple Autorreforma, llamado así por su propósito de ser autogobernado, autoabastecido y autopropagado.

Este movimiento fue reemplazado por la Asociación Católica Patriótica China, fundada oficialmente el 15 de julio de 1957. Ser patriótico en China significaba ser revolucionario, y por lo tanto, significaba ser antiimperialista y estar en contra del Papa. Como consecuencia, los católicos fieles a Roma fueron acusados de antipatrióticos y contrarrevolucionarios.

La mayoría de los templos católicos de la República Popular China fueron destruídos durante la Revolución Cultural de 1966. El gobierno ordenó “limpiar” el país de intelectuales y de aquellos considerados imperialistas. Esto implicó inspecciones, redadas nocturnas y la ejecución pública de quienes eran acusados de contrarrevolucionarios, bajo la orden del presidente del partido comunista, Zedong Mao.

Por diez años, hasta la muerte de Mao en 1976, la persecución continuó. Durante este Reinado del Terror abundó la quema de iglesias y de obras de arte y de literatura de la antigüedad. Tras la muerte de Mao, el nuevo líder comunista Xiaoping Deng abrió las puertas de China al mundo. “Por dinero, sobre todo dinero norteamericano”, comenta Gu.

Los oficiales de los campos de concentración instituyeron entonces clases de inglés para los guardias y sus familias, y para familiares de ex-prisioneros. Sólo había un problema: nadie sabía inglés, salvo Gu. Así fue que, estando aún detenido en la provincia de Qinghai, Gu comenzó su labor de profesor de inglés, ganando 90 dólares por mes.

En una de sus salidas a casa, Gu pudo visitar al padre Hong-Sheng “Vicente” Chu. Estando en casa del padre Chu, de pronto sonó el timbre.

- “¿Te vio alguien?”, preguntó Chu al visitante, el padre Sergio Ticozzi, del Pontificio Instituto para las Misiones. Chu temía que lo estuvieran vigilando.


- “No me vio nadie”, respondió Ticozzi.

- “Éste es mi alumno”, le dijo Chu presentándole a Gu. “Aún persevera en su vocación”.


- “Ven a Hong Kong”, le dijo Ticozzi a Gu, “Allí tenemos un seminario”.

- “Todavía estoy en el campo de concentración. No puedo ir a Hong Kong”, respondió Gu.


Ticozzi, entonces, escribió su dirección en Hong Kong en un papelito y se lo dio a Gu. Más tarde, ya de regreso en el campo de concentración, Gu se sacó el abrigo, dio vuelta una de las mangas, descosió una parte de la costura, y luego de esconder allí el papelito, volvió a coser la abertura. No podía arriesgarse a que los guardias lo descubrieran, como ya antes le había ocurrido con la nota de su amigo seminarista. Ésta era una dirección que iba a necesitar.

En el verano de 1984, regresando del distrito comercial del campo de concentración, Gu vio un camión estacionado junto al portón de entrada. El camión no pertenecía al campo de concentración; por lo tanto, podía estar seguro de que el conductor no lo conocía.

Gu se acercó al camión decididamente. Llevaba puesto su traje de profesor, y se aseguró de que su paquete de “Dai Qian Men”, los mejores cigarrillos chinos (irónicamente, “Puerta Frontal”), se asomara de su bolsillo, bien visible para el conductor.

- “¿Me llevaría hasta la estación terminal de ómnibus?”, le preguntó Gu.

- “Está bien”, respondió el conductor, sin sospechar nada.

Gu entonces fue corriendo a su cuarto a buscar su equipaje: un maletín destartalado y una colcha. “Esto es lo que gané por 19 años de trabajo. El maletín y la colcha eran todas mis posesiones”, dice.

Después de haber estado un total de 24 años detenido en Wayuxiangka, Gu finalmete escapó en el camión. Primeramente se dirigió al colegio secundario de Gung He, en la provincia de Qinghai, donde tiempo atrás había conocido al director.

Durante los cuatro años siguientes, Gu enseñó Inglés en el colegio de Gung He. Daba clases durante el día, y, todavía fiel a su vocación, estudiaba Teología por su cuenta durante la noche. Su material de estudio consistía en dos libros que Mons. Fan le había dado hacía un tiempo.

En Febrero de 1988, Gu visitó a Mons. Fan, quien vivía en un pequeño cuarto de la casa de su sobrina, en los suburbios de Shanghai.

- “Quiero ser ordenado sacerdote”, le dijo Gu.

- “Si es la voluntad de Dios, tus deseos se cumplirán”, le aseguró Fan.

Días después, el 22 de Febrero de 1988, Monseñor Fan ordenó de sacerdote a Guang Zhong Gu.

“¡Estaba tan contento…!”, recuerda Gu, “Ese día regresé de mi ordenación sacerdotal a mi casa en bicicleta, pensando, ‘ya no pertenezco a este mundo’. Siempre confié que llegaría este día”.

Tres años atrás, su hermano Le-Tian “José” Gu había inmigrado a los Estados Unidos, invitando a su hermano a seguirlo. Gu buscó su viejo abrigo, dio vuelta la manga y abrió la costura. La dirección del padre Ticozzi todavía estaba allí. Gu se la envió a su hermano, y pocos meses después fue al consulado norteamericano en Shanghai. Sabía que era su única oportunidad de irse de China.

“Por favor”, rogó al encargado de inmigración. “Yo era seminarista y fui arrestado en 1955 junto con Mons. Kung. Estuve diez años en prisión y diecinueve en campos de concentración”. El encargado se retiró por un momento, para regresar luego y comunicarle su decisión a Gu: Podía irse de China sin ningún impedimento.

Gu lloró, desbordante de alegría.


Al acercarse la hora de mi vuelo de regreso a Los Ángeles, le pregunto al padre Gu si podría celebrar la Misa antes de irme. El padre entonces me lleva a una capilla dedicada a la Virgen, junto a la iglesia principal. Me arrodillo en la primera fila, mientras él se dirige a la sacristía para revestirse. Momentos después, revestido de ornamentos verdes, se dirige al altar.

Luego anuncia: “Ofrezco esta Misa por las intenciones de la Iglesia perseguida en China”.

“Señor, que en tu providencia misteriosa asocias a la Iglesia a los dolores de tu Hijo, concede a los fieles perseguidos por su fe en tu Nombre, espíritu de paciencia y caridad, para que se manifiesten siempre como testigos verdaderos y fieles de tu promesa de vida eterna”.

Por esta intención, el padre Guang-Zhong Gu entregó 29 años de su vida.  Por esta intención, jamás se rindió.

 
 

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