Cuando el perdón se hace vida (I)

Maggy Barankitse es una sobreviviente de la guerra civil de Burundi, ella creó un hogar para dar acogida a los niños huérfanos de ambos bandos.

 
Cuando el perdón se hace vida (I)

Esta mujer es, prácticamente, la madre de 10.000 niños. Se llama Maggy Barankitse, es la fundadora de la  Maison Shalom de Burundi y su historia es conmovedora. “Mi vocación es repartir esperanza y dar amor. Es la vocación de todo ser humano”, afirma.  Maggie comenzó a ponerla en práctica en 1993, en un momento muy delicado de la historia de Burundi. Las tensiones entre tutsis y hutus se estaban traduciendo en miles de asesinatos de hombres, mujeres y niños. También en la familia de Maggy: “Ellos me ataron y asesinaron delante de mí a 72 personas. Desde entonces, hablo sólo del perdón”.


Maggy sobrevivió. Y vio que otros supervivientes habían sido mutilados. Por eso, decidió comenzar la “Casa Shalom”, donde ha acogido a niños huérfanos de ambos grupos étnicos. Acogió también a niños soldado y a niños enfermos de SIDA. Dice que lo importante de este lugar no es sólo dar, lo más importante es perdonar. Ella perdonó al hombre que quemó vivas a sus tres tías. Incluso lo visitó en la cárcel. Porque dice que mientras el odio mata, el perdón libera el alma. Con la ayuda de muchas personas, Maggy ha abierto otras 130 casas en Burundi como la “Maison Shalom”. Ofrecemos su testimonio personal, escrito y publicado en el año 2009 por la revista Mundo Negro:

"Doy las gracias a los misioneros combonianos por haber tenido la valentía de invitar a una loca. En Burundi, la gente me llama “Maggy, la buldócer”, porque no saben cómo catalogarme. Cuando empecé este trabajo, mis hermanos tutsis me trataron como una traidora. Los hutus, mis hermanos en el Bautismo, creyeron que era una espía. Y los occidentales dijeron que yo era una utópica. Quince años después, habéis visto en lo que me he convertido.

No vengo a contarles la miseria de África, Esto ya lo veis en televisión. Les pido un favor: Dejad de llorar por África. Pido también a mis hermanos africanos que dejen de presentarse como eternas victimas. Porque mi convicción es que todos somos creados por el amor de Dios, somos hermanos, príncipes y princesas. Somos hijos de Dios, ciudadanos del mundo, del paraíso. Debemos irradiar la gloria de Dios. Es la única vocación humana y por lo que he venido aquí. Me enfado cada vez que veo a mis hermanos con cara triste porque pierden su vocación de príncipes y princesas.

Si yo no fuera cristiana, me habría suicidado. Conocéis lo que pasó en Burundi. Ahora tengo cincuenta y tres años y cuando tenía seis, el país sufrió una guerra fratricida. Nunca he visto un país en donde se mata sin miedo. Es el único país en el que han matado al príncipe, en 1961, al primer ministro, en 1965, los tutsis mataron a sus hermanos hutus en 1972, en 1988 volvieron a matar, en 1993 se mataron mutuamente, fue una crisis que no tiene nombre.

Soy tutsi, en mi familia he perdido a 62 personas, entre tíos, tías, primos y primas. Sin embargo, nunca he querido ver en mi hermano hutu a un criminal. Porque el bautismo que he recibido me ha convertido en hija de Dios y hermana de todo el mundo. Lo que hago es por estar convencida de que pertenezco a una familia grande y muy noble. Pero mi familia biológica no lo entendió.

Cuando perdí a los 62 familiares, quise crear una nueva generación. Intenté huir, en el camino protegí a los hutus con los que me encontraba y que estaban en peligro. Los escondí en el obispado, pero mis hermanos de sangre vinieron para asesinarlos. Me ataron y los mataron a todos delante de mí. Asesinaron a 72 personas ante mis ojos. Ante esto, me pregunté si tenía que suicidarme. Había perdido a mi familia biológica (los hutus habían asesinado a mi familia tutsi) y los tutsis mataron a mis hermanos hutus en el bautismo.

RECHAZO SOCIAL

El 24 de octubre de 1994 fui a la capilla y dije al Señor: “Tú no eres el Dios amor”. Mientras lloraba, oí la voz de los siete niños que había adoptado, que me decían: “Sí que es un Dios amor. Estamos aquí todos salvados milagrosamente”. Estaban en la sacristía. Ese día comprendí la alegría de la fe que no engaña. Eran cuatro niños hutus y tres tutsis que yo había adoptado, pero no tenía dónde meterlos. Los hutus no querían saber nada de mí y los tutsis rechazaron a mis niños hutus. Huimos porque éramos rechazados por la sociedad burundesa.

Fuimos acogidos por un cooperante alemán, pero su país le pidió que regresara. Y me quedé sola con esos niños, sin dinero, sin casa. Finalmente, me dirigí al obispo. Pensaba que la guerra iba a acabar pronto, como en años anteriores. Empecé con 25 niños, siete meses después eran 300, dos años más tarde eran 4.000. Una década después es una multitud de niños. Porque la guerra duró demasiado tiempo.

Me negaba a sentirme amargada. Me dije: “Señor, me has dado estos niños, enséñame a educarlos con amor”. Podéis daros cuenta de que estos niños han hecho de mí una reina. Han crecido, algunos son médicos, políticos… hasta soy abuela de más de 50 nietos. Todo esto es motivo suficiente para no llorar a causa de la guerra. Si cada uno de vosotros se pusiera de pie, seríamos capaces de cambiar la faz de la tierra. Porque si uno cree, es capaz de desplazar el odio y el miedo, y puede ser el dueño del mundo.

Un día, un periodista francés llegó a nuestra casa y preguntó a uno de los niños de qué etnia era. El niño lo miró y le dijo: “¿No lo sabes? Somos hutsi-twa-hutu-tutsi-congo-nzungu”. Creo que podemos crear la nueva etnia de los hijos de Dios.

Siempre era un niño el que me enseñaba a no tener miedo. Un día caí en una emboscada que me habían tendido los rebeldes. Rodearon el coche en el que íbamos. Un rebelde me dijo: “Nos insultas todos los días, te vamos a quemar con tus niños”. Entonces, un niño que miraba a los rebeldes a través de la ventanilla preguntó a uno si era padre. El rebelde le contestó que sí. “¿Le gustan los niños?”, volvió a preguntar el menor. “Sí”, contestó el rebelde. “¿Aun así quiere quemar a los niños?”. “Sois como vuestra madre”, dijo incómodo el rebelde, que nos obligó a bajar del coche y después lo quemaron.

Como podéis ver, los niños tienen una confianza enorme en la Providencia. Pero nosotros, los adultos, sobre todo vosotros los occidentales, queréis comprobarlo todo. Queréis controlarlo todo en el mundo y esto les provoca el estrés. Y por esto hay guerras. Cuando hay una guerra en África, somos todos los que tenemos que compartir la responsabilidad. ¿Por qué hay guerra en Congo? Congo sufre porque es rico y todo el mundo quiere sus recursos. No hay quien tenga el valor de decir: “¡Parad la masacre!”. Ni siquiera los cristianos... " (continuará).

 

Fuente www.caminocatolico.org

 
 
 
 

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