De estrella de cine a peregrina del cielo

Dolores Hart compartió escenas con Anthony Quinn, Gary Cooper, Ana Magnani y Elvis Presley; en 1963 dejó el camino del espectáculo y se inició en el de Dios.

 
De estrella de cine a peregrina del cielo

En pocas semanas, la madre Dolores Hart, quien cambió su ascendente carrera como actriz en Hollywood en los ‘60s por ingresar a un convento benedictino de clausura, ofrecerá la conferencia central en el Encuentro Eucarístico Mariano de California que se celebrará en Paso Robles el 14 y 15 de enero próximo.


El tema del evento es "La fe que mueve montañas", allí la religiosa ofrecerá dos ponencias tituladas "¿Cómo una carrera en Hollywood me llevó a la fe" y "El oído del corazón: Cuando el Maestro Habla el discípulo va a escuchar"


Nacida en 1938, adoptó el nombre artístico de  'Dolores Hart'. Filmó varias películas entre 1956 y 1963, fue la pretendida de Elvis Presley en Loving You, con quien también trabajó en King Creole. Posteriormente debutó en Broadway, ganando un Premio World Theatre, así como una nominación al Premio Tony como Mejor Actriz Revelación por su papel en El Placer de su Compañia.


Su último papel fue con Hugh O'Brian en Come Fly with Me. Fue en este momento en que decidió dejar la industria cinematográfica y, a los 25 años, convirtirse en monja católica de la Abadía Benedictina de Regina Laudis en Connecticut.

En 2006 regresó a Hollywood, luego de 43 años en el monasterio, con el fin de despertar conciencia con respecto a la neuropatía idiopática periférica, un mal neurológico que aflige a muchos estadounidenses, incluyéndola a ella misma.

Junto a una amiga actriz, Patricia Neal, construyó el The Gary-The Olivia Teather, a un lado del convento. Es un teatro para quinientas personas donde cada verano representan diversas obras.

Además de ser la Abadesa, la Reverenda Madre Dolores se ha convertido en la única monja que es miembro votante de los Premios Oscar de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de los Estados Unidos.

EL ENCUENTRO CON SU VOCACIÓN

Al regresar de una gira de promoción de una de sus últimas películas, Dolores pidió al chofer de su limousine dejarla delante de la abadía Regina Laudis, en Connecticut. Era el 13 de junio de 1963. La actriz dejaba el mundo del espectáculo e iniciaba ese otro mundo más pleno: el del seguimiento del llamado de Dios.

Claro que suponía un acto de abnegación de sus propios gustos y de muchas otras posibilidades abiertas. Tenía todo lo que podía desear: juventud, belleza, dinero, fama… Pero le faltaba esa paz que sólo se consigue cuando se es fiel a la conciencia. Le costó dejar a su novio, el emprendedor californiano Don Johnson, le costó dejar los foros, el maquillaje, los vestidos, le costó el nuevo anonimato. Le costó esa radicalidad que posiblemente hoy es menos comprendida por muchos cristianos. Pero tenía viva la determinación de hacer las cosas bien, y eso fue lo que hizo: supo poner su corazón en el puesto justo o, por mejor decir, en la persona adecuada: Dios.

Cuando -hace unos años- le preguntaron si era feliz, la madre Dolores respondió: “antes de haber cumplido veinte años en el convento me acordé que trabajar en el cine me daba menos felicidad que la que me esperaba aquí”.

VIDA DE MONJA

Hoy transcurre las mañanas en el silencio, la oración y la contemplación. “Rezar y trabajar”, tal como escribió san Benito; por eso, al rayar el alba, ordeña la vaca y por las tardes cultiva el campo y cuida las hortalizas. Lo anterior sin descuidar la formación de sus novicias. El canto gregoriano es parte constitutiva de esta abadía cuyas religiosas se despiertan con amor a mitad de cada noche para entonar himnos a Dios.

La historia de la madre Dolores es de esas que llegan al fondo de nosotros mismos y nos cuestionan. Y es que, como ella misma dice “Una relación viva y personal con Cristo es necesaria para entender que su presencia es la única cosa verdaderamente real y verdaderamente hermosa en nuestra propia vida”.

 

 

 
 
 
 

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