De la mirada del turista al corazón del peregrino

El P. Eduardo Casas fue a la canonización del Cura Brochero en Roma y se encontró con miles de creyentes argentinos viviendo una experiencia ancestral del cristianismo.

 
De la mirada del turista al corazón del peregrino


La gracia particular de la canonización del Cura Brochero hizo encontrar a miles de creyentes argentinos -especialmente cordobeses- en la ciudad de Roma celebrando este acontecimiento histórico singular del primer santo argentino (un sacerdote cordobés del clero diocesano) canonizado por un Papa argentino. Los miles de argentinos convocados no fueron simplemente turistas. El itinerario espiritual de la fe propuso la conversión de la mirada del turista por la del corazón del peregrino, uniéndonos así a una experiencia ancestral del cristianismo. 


Los creyentes de cualquier fe muchas veces peregrinan hacia los lugares santos propios de su religión. El cristianismo no es la excepción ya que concibe la fe como un dinamismo en crecimiento y en movimiento. La fe no es estática, como la vida. En ese sentido la peregrinación es una metáfora de la condición del creyente en el paso por este mundo.


La palabra “peregrino” deriva del latín “peregrinus”  y se refiere a la persona que viajaba a países extranjeros donde no tenía derecho de ciudadanía. El término viene de la expresión “per-agros”, persona que camina por los campos, lejos de su casa. A partir del siglo XII se comenzó a utilizar el término “peregrinatio” para designar la práctica religiosa de visitar lugares sagrados. En la actualidad, el turismo religioso -como un hecho pastoral- reviste la forma de peregrinación ya que es una experiencia comunitaria de fe en tránsito como la experiencia de la vida misma.  Un viaje –cuando se realiza asumiendo la experiencia interior y se transforma en un itinerario espiritual- se convierte en una peregrinación hacia el encuentro consigo mismo, con los demás, con la naturaleza,  con la cultura e incluso con Dios. Se vuelve metáfora de lo que es la existencia toda y también la fe, la cual es un dinamismo de crecimiento constante. Todo lo que somos, lo somos por el camino transitado. Más que búsqueda, es encuentro: lo recibido es un don. La vida es un camino y un viaje que se va entrecruzando con muchos otros. Jesús dijo de sí mismo: “Yo soy el camino” (Jn 14,8). La historia de salvación arranca con el primer Patriarca de la fe, Abraham, como peregrino.


Por su parte, la fe nos concede  una nueva mirada de los diversos signos de Dios en las señales de una cultura determinada: los lugares se convierte en una “geografía de la salvación”; el tiempo en una “historia de la salvación” y las personas e instituciones en  “mediaciones de salvación”.


Los objetivos de una peregrinación consisten en tener una experiencia de una comunidad de fe peregrina; descubrir los signos de los tiempos y las señales de Dios en las diversas culturas, en distintos tiempos y lugares; vivir la catolicidad (la universalidad) de la fe en la expresión de otras riquezas culturales; apreciar la labor de la Iglesia en la evangelización de los pueblos en la historia, conociendo Santuarios y lugares significativos de la fe; renovar la experiencia espiritual desde la obra de Dios, de la Iglesia y de los hombres en una cultura diversa; revalorizar los paisajes, la historia, la geografía, la arquitectura, el arte y la cultura de un lugar como manifestación de la riqueza del espíritu humano y de la Obra de Dios en la Creación; propiciar en el grupo de peregrinos actitudes  tales como  el cultivo de la alegría, la solidaridad, la convivencia, la amistad,  el placer de la mesa, el trato y conocimiento mutuo con respeto y compromiso.


Todo estuvo unido a la gracia excepcional de celebrar la fe y la santidad de un cordobés que ha sido propuesto como santo, modelo de cristiano y sacerdote y ciudadano del mundo. 


Fuente: Yo Creo - Autor: P. Eduardo Casas



 
 

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