El "loquito" que alababa al Santísimo

Muchas veces nos sentimos incómodos frente a la presencia de esos “locos lindos” algunas veces descuidados en su higiene, que se meten a la Iglesia a rezar.

 
El "loquito" que alababa al Santísimo

Dicen que un día San Pedro andaba de mal humor en el Cielo... Se presentó ante el Señor Jesús y le dijo: Maestro, sabes que se van a cumplir dos mil años que me hiciste "portero" del Cielo al darme las llaves del Reino... Desde entonces no ha entrado aquí nada que no esté más limpio que el sol... En esto soy puntilloso... lo sabes...


-Sí, Pedro, lo sé y te estoy muy agradecido por tu celo en el cuidado del Reino de los Cielos...


-Pues me temo, dijo Pedro, que algo está pasando. Desde mi observatorio de la portería vigilo y he observado que en las avenidas celestes hay caras desconocidas... ¡y lo que es peor, poco limpias!. Hasta los vestidos de algunos bienaventurados dejan que desear...


-Bien Pedro... ¿y qué sugieres?.


-Una investigación de las murallas, porque.... por la portería no han pasado. Tiene que haber "otra puerta" distinta de la mía, Señor.


Y así fue, aquella tarde a la hora de la siesta, Jesús y Pedro se dieron una vuelta por las murallas de jaspe de la Gloria...


Por fin, Pedro triunfante, gritó: Ahí está, Señor, ya lo sabía... ¡mira!. Señalaba, tras un rosal florecido, un hueco del que pendía un rosario que llegaba hasta la Tierra.


Y dijo el Señor: "Déjalo Pedro, esas... son cosas de mi Madre".


Algo así nos cuenta un cura amigo que hace unos años, mientras confesaba en una iglesia que exponía los días jueves el Santísimo Sacramento, escuchaba un murmullo constante. Como una letanía. El susurro durante las tres horas en las que el Señor estaba expuesto.



El hecho no era algo aislado. Cada vez que iba a confesar los jueves, el mismo sonido.



-       Un día, me dijo, cuando había terminado de confesar, decidí buscar el origen de esos susurros. Caminé hacia donde estaba el Santísimo y allí, arrodillado frente al Señor me encontré a un hombre que siempre mendigaba en la puerta del templo, muy sucio y algo “loquito”, que le murmuraba al Señor durante las tres horas en las que estaba expuesta la Eucaristía. 


- ¿Y qué le susurraba –le pregunté?


- Le cantaba, me respondió. Le cantaba “Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar, y la Virgen concebida sin pecado original”…



En las dos historias tenemos el mismo patrón: Dios nos ama a todos por igual. Pero muchas veces encontramos una piedad inmensa en personas insospechadas.



“Señor, danos el amor y la piedad de esos loquitos. Que te amemos con locura. Amén”.



(Fuente: YC)



 
 

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