El Negro Manuel. Custodio de la Virgen de Luján

Es quizá, injustamente, poco conocida la historia de quien fuera un devoto y fiel custodio de la imagen de la Virgen que quiso quedarse a orillas del Luján.

 
El Negro Manuel. Custodio de la Virgen de Luján

I - DEL AFRICA AL BRASIL


El negro llamado más tarde Manuel y que el pueblo creyente un día veneraría como el fiel esclavo de la Virgen de Luján sabemos que nació en la Costa de los Ríos, en la zona tórrida y occidental del África, por los años de 1604, en tierras llamadas también de Guinea, hoy enmarcadas en distintos Estados.


Hasta los 23 años nuestro negro vivió con los de su tribu, ejercitándose como los demás de su raza en la pesca y en la caza, y siguiendo las costumbres y tradiciones de sus antepasados adoraba y daba culto a una serie de fetiches e ídolos que, más que satisfacciones y alegrías, infundían en su ánimo espanto y pavor.


Se hallaba nuestro Manuel en la plenitud de su edad juvenil y en el goce de su libertad, cuando en un reclutamiento de negros llevado a cabo por mercaderes sin conciencia y al margen de toda Ley fue dicho Manuel apresado, privado de la libertad, y llevado a la isla de Santiago, en Cabo Verde, en donde los portugueses tenían su centro base comercial de esclavos.


Allí permaneció algún tiempo, y en el entretanto que se disponía de su destino recibió seguramente el bautismo, que administraban padres misioneros a todos aquellos esclavos que voluntariamente lo deseaban después de una corta catequización. Así leemos en documentos de la época.        .


A nuestro Manuel la Compañía negrera- lo destinó al reino del Brasil. La travesía por mar desde Cabo Verde hasta el puerto de Pernambuco en el Brasil se prolongó unos treinta días y nuestro negro, junto con los demás secuestrados, estuvo durante este tiempo encerrado bajo la cubierta de la nave sin ver ni sol ni luna, con cadenas en los pies y con escasa y pésima alimentación, tratado a palos y azotes, y echado en un ambiente húmedo y pestilente. Muchos de sus compañeros murieron en la travesía. Felizmente, por singular providencia del Cielo, el negro Manuel llegó sano y salvo a estas tierras del Nuevo Mundo.


II - AL SERVICIO DE UN MARINO


Al atracar la nave al puerto los negros fueron llevados a la plaza pública y allí expuestos a la venta como una mercancía más.


Afortunadamente, pasó por el lugar un marino, capitán del patache San Andrés, entonces anclado en el puerto de Pernambuco, y atinó a fijar su mirada sobre nuestro negro. Al marino le pareció excelente el muchacho negro y antes de que pudiesen hacerse mayores valuaciones y tratos, alegando su oficio de capitán de navío, pagó la suma convenida y lo llevó consigo para su servicio. Eran los últimos meses del año 1629.


El capitán de navío, de que hablamos, se llamaba Andrea Juan y era portugués y tenía allá en su tierra mujer e hijos.


Buscando mejor fortuna había venido por los años de 1615 a la ciudad de Pernambuco, puerto de gran movimiento, junto con un tal Antonio Faría de Sá y otro compañero, cuyo nombre desconocemos. En esta Ciudad, después de algún tiempo, los tres se separaron. El primero dióse a la mar y con los años ganó experiencia, alcanzando el grado de capitán; el segundo decidió trasladarse a Buenos Aires y aquí en procura de mayores adelantos marchó a Córdoba del Tucumán y adquirió una hacienda en Sumampa; el tercero de los compañeros se quedó para siempre en Pernambuco.


Es el caso que el marino en julio de ese año 1629 había zarpado con su buque del puerto de Buenos Aires y traía una misión que cumplir. Su viejo amigo Faria de Sá le había entregado una carta para aquel compañero residente en Pernambuco con el pedido de que le comprase en esa Ciudad una pequeña imagen de la Inmaculada Concepción a fin de darle culto en la Capilla que estaba construyendo en su estancia de Sumampa. El fiel compañero le compró no una, sino dos imágenes en señal de amistad y empaquetadas cada una en un cajón aparte, pues por ser de barro cocido temía no sufriesen alguna quiebra en el largo viaje, las entregó al buen marino.


Mientras el maestre y capitán Andrea Juan cumplía la diligencia de su amigo y preparaba la embarcación con las mercancías y géneros correspondientes, para su próximo viaje a Buenos Aires, atendía también con solicitud al pobre negro y lo disponía para recibir una más completa instrucción de la Doctrina Cristiana. Dotado el negro de una clara inteligencia y de un corazón humilde aprendió bien las verdades de la Fe, que muy de paso había conocido en Cabo Verde, y se encariñó con la religión cristiana. Quizás los días de Navidad, Año Nuevo o Reyes renovó las promesas bautismales y tomó definitivamente el nombre de Manuel y recibía la Primera Comunión.


Así, todo dispuesto y aprovechando el tiempo bueno, levantó anclas el patache San Andrés a fines de enero de 1630 rumbo al puerto de Santa María de los Buenos Aires, no sin antes haber puesto el marino a su esclavo Manuel en el cargo de paje, es decir: servidor del buque.


III - EN BUENOS AIRES


Después de unas escalas en Río de Janeiro y en Bahía de Todos los Santos el patache San Andrés llegó felizmente al puerto de Santa María de los Buenos Aires, el 21 de marzo. A su llegada el marino tuvo algunos inconvenientes, porque, como contrabandista que era -cosa muy común en aquellos tiempos, -los jueces de la Real Hacienda lo emplazan y detienen. Por suerte, una persona de grandes bienes de esta Ciudad y con la cual trabara amistad en anteriores arribadas, el capitán Bernabé González Filiano, contrabandista de mucha fama, sale ante las Autoridades por su fiador, como también de los demás compañeros de mar, solventando la deuda.


El marino Andrea Juan para satisfacer a su amigo y como en agradecimiento le entrega a su esclavo y paje, el negro Manuel; y el capitán Bernabé González Filiano manda enseguida al negro a su estancia de Luján, para mayor seguridad y evitarse complicaciones.


A todo ello, nuestro Andrea Juan deja el barco por una temporada y resuelve ser él mismo el portador de las Santas Imágenes, llevándolas personalmente hasta destino, a la estancia de su viejo amigo Faría de Sá, en la localidad de Sumampa.


IV - EL MILAGRO DE LUJAN


El conductor de las Santas Imágenes buscó una tropa de carretas y con ella partió al Norte, tomando para la primera parte del viaje, bien por amistad, bien por contrabando, el camino viejo en vez del nuevo, que era más cómodo. La primera noche paró el convoy en el río Las Conchas, en el hoy Paso Morales del Partido de Hurlingham. Y al atardecer del segundo día se detuvo la tropa en la estancia de Rosendo, al presente propiedad de Bemabé González Filiano, ubicada frente al río de Luján. Grande fue el contento del negro esclavo Manuel, que moraba en esa estancia, al encontrarse con su antiguo amo y más al saber que consigo traía las Santas Imágenes. La tropa paso una noche tranquila.


Al día siguiente, una clara mañana de la primera quincena de mayo, al querer proseguir la marcha sucedió, que unidos ya al carretón los bueyes por más que tiraban, no podían moverle ni un paso. Admirados de la novedad los circunstantes preguntaron al conductor: ¿Qué carga trae? Respondió que la misma de los días precedentes, y pasando a individualizarla añadió: Vienen aquí también dos cajones con dos bultos de la Virgen, que traigo recomendados para la Capilla nueva de Sumampa. 


Discurriendo en tan extraña novedad, uno de los presentes, el negro Manuel, movido por la gracia de Dios, dijo: Señor, saque del carretón uno  de los cajones, y observemos si camina.


Así se hizo, pero en vano, porque por más que tiraban los bue­yes, el carretón seguía inmóvil. Truéquense, pues, los cajones, -replicó el negro Manuel, veamos si hay en esto algún misterio. Sacóse el cajón que había quedado y cargóse nuevamente aquel que había sido sacado; y sin más estímulo tiraron los bueyes, y movióse sin más dificultad el carretón.


Aquí fue cuando llegó la admiración a romper el silencio, a soltarse la lengua de todos en piadosos clamores y los ojos a liquidarse en lágrimas de enternecimiento, levantando todos el grito y repitiendo a una voz: ¡Milagro! ¡Milagro!.


Insinuó entonces el negro Manuel: Esto indica que la Imagen de la Virgen encerrada en este cajón debe quedarse aquí. Todos entendieron ser particular disposición de la Divina Providencia que dicha Santa Imagen se quedase en aquel paraje y así se dispusieron a cumplirlo.


Abierto el cajón encontraron una bella imagen de María Santísima en su advocación de la Purísima Concepción, de media vara de alto y con las manos juntas. Al punto, postrados en tierra la veneran todos y la cubren de besos. Verdaderamente, el milagro de la carreta y el hallazgo de la hermosa imagen de María Inmaculada fascinó a todos los presentes, pero especialmente el suceso imprimió en el alma del negro Manuel un sello imborrable. En su corazón juró el negro no separarse jamás de tan excelsa Señora.


Largo rato estuvieron aquellos traperos y demás allegados de la estancia absortos ante la Santa Imagen de María, pero al fin creyeron oportuno dejarla por entonces en la casa de la estancia de Rosendo, y el convoy prosiguió su camino al Norte con el cajón de la otra Santa Imagen, divulgando por doquier el portento acaecido. Y los fieles empezaron a venerar a la Virgen Santísima en aquella santa imagen y Ella correspondió con repetidos prodigios y maravillas.


V - EN LA ERMITA DE ROSENDO


Bemabé González Filiano, favorecido por el Cielo con el insigne honor de dar abrigo en la vivienda de su estancia a una Imagen tan digna de veneración, comprendió enseguida que se hacía necesario edificar un Oratorio al culto de tan Soberana Señora, para que los muchos devotos que a su estancia concurrían pudiesen cumplir sus devociones.


Es de creer que los más entusiastas de la obra serían Diego Rosendo, hijo del anterior dueño de la estancia, y el negro Manuel. La Ermita o Capilla con sus paredes de adobe y su techo de paja estaba terminada al tercer año del milagro de las carretas. Y fue en 1637 cuando el Obispo de Buenos Aires puso en ella el asiento de un Curato o Doctrina, que por la pobreza de clero tuvo una existencia muy efímera. 


Digamos que el negro Manuel fue el primer y principal propagador del culto a Nuestra Señora, que a los pocos años comenzó a ser llamada de Luján. Sin duda, Dios inspiró al dueño de la estancia lo mismo que al conductor de las Santas Imágenes, Andrea Juan, y quizás también al muchacho Diego Rosendo, dejasen al dicho negro Manuel consagrado al cuidado y atención de la Santa Imagen.


Muy gustoso y contento se quedó el negro Manuel allí para servir y obsequiar con prolijidad y esmero a tan alta Señora en su bendita Imagen. Todo su cuidado era el-aseo y decencia de su altarcito; y se aplicaba con tanta solicitud al culto de esa divina Señora, que nunca tenía su Imagen sin luz. Sabía muy bien que había sido donado por esclavo a la Santísima Virgen, y entendía perfectamente lo que importaba una tal donación y así se reconocía por el verdadero y exclusivo esclavo de Nuestra Señora. 


El negro Manuel contrajo matrimonio con una mujer criolla, llamada Beatriz, esclava igualmente de la familia González Filiano. Quizás la boda se efectuó por los años de 1638 y es probable que se cumpliera en la Ermita de la Concepción del río de Luján, de la cual era tan devoto el negro Manuel y que la ben­dijera el cura de la Doctrina. Beatriz falleció antes del año 1670. Creemos decir verdad si afirmamos que la criolla Beatriz fue una fiel compañera del negro Manuel y que lo secundó plenamente en el empeño por mantener vivo el culto a la Santísima Virgen en la apartada Ermita de Luján. 


Finalmente, agreguemos aquÍ que una tradición afirma que por los años de 1650 el negro Manuel con la cera oblada a la Virgen y los cabos de cirios encendidos ante la Sagrada Imagen fabricó unas velas que por su color oscuro el pueblo llamó: las velas negras. Fueron tenidas por los fieles con mucho respeto. Años más tarde el Licenciado Pedro Montalbo las bendeciría el 2 de febrero y desde entonces adquirieron gran fama para todos los devotos de Nuestra Señora de Luján.


VI - EL PLEITO DEL ESCLAVO


Pasaron muchísimos años. Pero, un día la estancia y Ermita de Rosendo vinieron a caer en abandono por incuria de sus dueños. Fue entonces cuando una ilustre dama de Buenos Aires, doña Ana de Matas, pidió la Santa Imagen al administrador de esas tierras, a fin de darle mejor culto en su estancia ubicada también sobre el río Luján. En estos años de desolación el único que mantuvo siempre vivo el culto y piedad a Nuestra Señora de Luján fue el fiel esclavo Manuel.


Doña Ana concertó con su administrador Juan de Oramas, Cura de la Catedral, la suma convenida y se llevó a casa, en la estancia de Luján, la Santa Imagen. Pero hete aquí que al día siguiente de la entrega la Imagen de la Virgen no se halló en el lugar. Tras intensa búsqueda halló a la Señora en la Ermita de Rosendo. Llevóla otra vez a su casa y la Imagen volvió a desaparecer. Entonces, ella creyó conveniente dar cuenta del asunto a las Autoridades Eclesiásticas y Civiles de la Ciudad y a todos les pareció que tan Santa Imagen debía ser trasladada solemnemente. Así se cumplió. y la Imagen ya no volvió a desaparecer. 


Unos atribuyeron este hecho a que en esta ocasión la Santa Imagen había sido trasladada con reverencia y dignidad y otros con mayor fundamento a que en esta ocasión vino con ella el negro Manuel, que era su devoto sacristán y que estaba dedicado al aseo y culto de su Ermita; lo que no había sucedido en las dos veces anteriores,. y aún en esta tercera hubo algunas dificultades que vencer; por cuanto el maestro Oramas y los de su familia alegaban ser el negro esclavo de ellos como herederos que eran del entonces difunto Bemabé González Filiano.


El negro se defendía diciendo: Yo ser de la Virgen no más; el conductor de las Santas Imágenes, Andrea Juan, me dijo varias veces antes de morir, en la casa de Rosendo en Buenos Aires, que yo era de la Virgen, y que no tenía otro amo a quien servir más que a la Virgen Santísima. Lo mismo tuvo que repetirle el capitán, Bemabé González Filiano, mientras vivía, ya que éste en vida nunca lo removió de tal cargo. Sobre este punto corrió un litigio y bajó el negro a pleitear en la Ciudad; pero al fin se tranzó con alargar Doña Ana al maestro Oramas cien pesos, con que cedió de sus derechos. Igualmente, una colecta popular encabezada por el sargento mayor don Juan Cebrián de Velazco a favor del fiel negro Manuel, que dió una suma de 250 pesos, satisfizo plenamente a la parte demandante.


Es interesante transcribir las líneas de la escritura de venta en la que los herederos del capitán Bemabé González Filiano recalcan: que el negro Manuel ha intentado seguir la causa de si es libre, por razón de que ha estado sin sujeción asistiendo por nuestra devoción y consentimiento al servicio de la Capilla y altar de Nuestra Señora de Luján; pero todo ello no tiene fundamento, aunque haya personas a su favor que le muevan a tal empeño. Sin embargo, porque en el caso han intervenido muchas personas devotas de la dicha Santa Imagen de Luján, para que no cese la obra buena y devoción del dicho Manuel, como se experimenta, así lo vendemos en venta real para la obra de dicha Santa Capilla e Imagen de Luján, para que la sirva y cuide de su culto, veneración y aseo. El traslado de la Santa Imagen desde la estancia de Rosendo a la casa de doña Ana de Matas tuvo lugar pocos días antes de la fiesta de la Purísima Concepción en 1671 y el pleito del negro Manuel quedó finiquitado recién a fines del 74.


VII - LA VIRTUD DEL NEGRO


Doña Ana de Matas, mientras levantaba los planos para la Capilla prometida en bien de los piadosos fieles, abrió contiguo a su casa un pequeño Oratorio, que atendía el negro Manuel. Y fue también en este tiempo cuando la señora de Matas, llevada de su cariño, recubrió con ropajes, a la usanza española, la Santa Imagen.


Y ahora detengámonos un poco en hablar de las virtudes de este negro Manuel. Parece ser que así como la Reina Celestial se valió de la sencillez de un pobre indio llamado Juan Diego para promover los cultos, que se le dan en la portentosa Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe (que también es de la Concepción), y se venera en un cerrito junto a la ciudad de México, así también quiso valerse de este negro llamado Manuel, de rara candidez y simplicidad, para propagar los cultos de la Imagen de Nuestra Señora de Luján.


Todo el cuidado del negro era el aseo de su altar, el encenderle velas y ungir con el sebo de su lámpara a los enfermos que venían de partes diferentes a buscar en la Virgen su remedio; y no pocas veces con efectos maravillosos.


Su inocente simplicidad era tal que algunas veces trataba a la Santísima Virgen con extremada familiaridad. Fue el caso que, habiéndose hecho ya el pequeño Oratorio a la Virgen contiguo a la casa de Matas, y estando ya colocada en su nicho la Imagen, reparó el negro Manuel que algunas noches faltaba del nicho, y por la mañana ya la encontraba en él, pero llena de rocío muchas veces y otras con el manto y vestido llenos de abrojos y cadillos, y por las fimbrias polvo y algún barro, y en estas ocasiones le decía: Señora mía, ¿qué necesidad tenéis Vos de salir de casa para remediar cualquiera necesidad siendo tan poderosa? ¿y, como Vos sois tan amiga de los pecadores, que salís en busca de ellos, cuando véis que os tratan tan mal? Con aquellas pintas o señales del vestido quería indicamos y damos a entender Nuestra Señora que en beneficio de los mortales daba pasos, como por sus pies y que su Corazón maternal iba en busca de los pobres pecadores, para convertirlos y llevarlos al cielo. Y nuestro bendito negro Manuel con los cadillos, abrojos, barro y polvo, que sacudía del vestido de la Virgen, obraba maravillas en bien de los devotos.


Uno de los más famosos milagros obrados por el negro Manuel y seguramente el más celebrado fue la curación del Padre Pedro de Montalbo.


Por los años de 1684 sucedió que el licenciado don Pedro de Montalbo, clérigo presbítero, enfermó gravemente de unos ahogos asmáticos que en poco tiempo lo redujeron a tísico confirmado. Y viéndose asi afligido se fue en un carretón a hacer una novena a la milagrosa Señora de Luján en los días de su fiesta patronal, y siendo llegado a la Capilla, como cosa de una legua de ella, le apretó el accidente, que se les quedó, al parecer de los que le llevaban, muerto: y en aquel estado llegó cerca de la puerta del Oratorio, y desuncidos los bueyes, salió el negro Manuel y ungiéndole el pecho con el aceite de la lámpara de la Santa Imagen volvió en su acuerdo, y empezando a consolarle le dijo el negro Manuel: La Virgen Santísima le quiere para su Capellán; el prometió, si le daba la salud, serlo toda su vida.


Luego echó mano de algunos de aquellos cadillos y abrojos, que solía guardar cuando los despegaba del vestuario de la Imagen, según dejamos dicho mezclados con un poco de tierra del barro que sacudía de sus fimbrias, y pidió a cierta señora, llamada doña María Días, le hiciera de todo ello un cocimiento. Dióselo a beber al enfermo en nombre de la Santísima Virgen, y con solo este remedio quedó libre de sus ahogos y enteramente sano.


VIII - LA MUERTE DEL NEGRO MANUEL


El negro Manuel vestido de un saco a raíz de las carnes y con la barba muy crecida, a manera de ermitaño, llego a una ancianidad decrépita y llego a ser el amigo y consejero de todos los habitantes de esas dilatadas comarcas. Ayudó no poco a la prosecución de la obra de la Capilla, cuyos cimientos bendijera un fraile Carmelita y que el licenciado Pedro Montalbo tomara con mucho afán hasta verla terminada, y así el bendito negro continuó en servicio de la gran Señora hasta el final de sus días.


Hallándose en la última enfermedad dijo un día a los presentes: Mi Ama, la Santísima Virgen, me ha revelado que he de morir un viernes y que al sábado siguiente me llevará a la Gloria. En efecto, su muerte aconteció en el día que había dicho, y es de creer piadosamente que se cumplió su vaticinio por entero.


Murió en olor de santidad, por cuyo motivo logró su cuerpo sepultura detrás del altar mayor del Santuario que el Capellán Pedro de Montalbo terminara de edificar, descansando a los pies de su bien amada Imagen de Nuestra Señora de Luján. Sabemos también que en su muerte se le hallaron en depósito catorce mil pesos de las limosnas que los devotos y peregrinos habían ofrecido para el culto de la Santa Imagen, y con esta plata se fundaron después muchas de las haciendas de ganados que luego poseyó el Santuario.


Su muerte aconteció en la primera mitad del año del Señor de 1686. 


La fama de santidad y de gran siervo de Dios que el negro Manuel dejó en su muerte no amenguó con el tiempo. Es típico el caso siguiente: Cuando don Juan de Lezica y Torrezuri se hallaba empeñado en la construcción del nuevo templo de Luján, y quizás en el año de 1757, tuvo problemas por la falta de arena gruesa y así la obra se retardaba. En este conflicto un negro (que sin duda fue el devoto Manuel) le aseguró que a pocos pasos de allí la había en una vizcachera o cosa parecida. No se engañó, y la halló Juan de Lezica en el lugar señalado, que jamás nadie había sabido la hubiese. El hallazgo se tuvo por milagroso.


Todos sabían que el negro Manuel no podía estar ajeno a la obra del nuevo Templo levantado en honor de la Santísima Virgen y todos saben muy bien que tampoco ahora puede estar lejos de su dulce Señora y de quienes lo invocan en su necesidad. 


FINAL


El negro Manuel sirvió por espacio de más, de cincuenta años como humilde esclavo a la Celestial Señora de Luján, primero, como hemos visto, en la Ermita de Rosendo, luego en el Oratorio de la casa de Matos y finalmente en la Capilla de Montalbo, dándonos un alto ejemplo de esclavitud mariana y también con su puesto de servidor y de atención a peregrinos y necesitados enseñó a todos a amamos como hermanos, con prescindencia de raza o color.


Cumplió a la letra el mensaje de la Muy Pura y Limpia Concepción del Río de Luján al esforzarse por formar en sí al hombre nuevo, creado en gracia y santidad, a imagen y semejanza de Dios.


Por todo esto, el negro Manuel es digno de imitación y de toda alabanza, y así creemos muy justa la súplica que altas personalidades de la Iglesia han bendecido: Señor Dios: te pedimos humildemente que, para nuestro gozo, glorifiques a tu siervo el negro Manuel, el fiel esclavo de la Virgen de Luján. Y cerremos esta pequeña biografía con los versos de una poesía al Negro Manuel, compuesto por la Dra. María Ángela Cabrera, Directora del Seminario Catequístico de Morón:


 


Cuidó Manuel de la Ermita,


Con esmero y alegría;


siempre brillante, con flores


y con luces encendidas.


 


La historia no te ha olvidado,


Manuel, varón de color.


 


Seguro, excelsa Señora,


Purísima Concepción,


diste el premio de la gloria


a tan g

 
 

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