El nuevo santo argentino: José Gabriel del Rosario

Brochero. El proceso que lo lleva a la canonización –al igual que su vida- no fue fácil. Llevó 48 años desde que comenzó en 1968. Por el P. Eduardo Casas.

 
El nuevo santo argentino: José Gabriel del Rosario

José Gabriel del Rosario Brochero -sacerdote católico cordobés- nació el 16 de Marzo de 1840 en las cercanías de Santa Rosa del Río Primero en la provincia de Córdoba. A los 16 años entró al Seminario y  estudió en las aulas de la Universidad Nacional de Córdoba. Luego de cursados sus estudios para la formación sacerdotal fue ordenado presbítero desempeñando diversas acciones pastorales en la ciudad de  Córdoba. Luego fue destinado a la serranía cordobesa a la  zona llamada  Traslasierra. Su parroquia tenía 4336 kilómetros cuadrados y más de 10.000 habitantes que vivían en lugares distantes, sin caminos y sin escuelas, incomunicados por las Altas Cumbres. La pobreza de aquellos habitantes era mucha. Al año siguiente de llegar, comenzó a llevar a hombres y mujeres a Córdoba para hacer retiros. Recorrer los 200 kilómetros requería tres días a lomo de mula, en caravanas que, muchas veces, superaban las quinientas personas. Más de una vez fueron sorprendidos por fuertes lluvias, vientos y nieve. Al regresar, luego de nueve días de silencio y oración, sus fieles iban cambiando de vida, siguiendo el Evangelio y buscando el desarrollo de la zona.


Con la ayuda de sus fieles, comenzó la construcción de la Casa de Ejercicios que  fue inaugurada con tandas que superaron las 700 personas. Durante su ministerio atendió a más 40.000 personas que hicieron los retiros ignacianos. Venían de Córdoba y Santiago del Estero.  También construyó una casa para las religiosas, una residencia para sacerdotes y una escuela para niñas y jóvenes mujeres en un tiempo en que no había educación para ellas en ese lugar.


El Cura Brochero no fue un político, aunque tuvo un hábil manejo político de los intereses de su pueblo y mantuvo asiduo contacto con la política de su tiempo, como lo revelan sus cartas. Fue más visionario, más adelantado y más emprendedor que muchos políticos de entonces. Con sus fieles construyó más de 200 kilómetros de caminos y varias iglesias, fundó pueblos y se preocupó por la educación de todos. Solicitó y gestionó ante las autoridades la obtención de mensajerías, oficinas de correo y estafetas telegráficas. Hizo acequias, acueductos y proyectó el ramal ferroviario que atravesaría el Valle de Traslasierra, aunque no logró concretarlo por su salud y por las condiciones políticas del momento.  Como pastor predicó el Evangelio asumiendo el lenguaje popular para hacerlo comprensible a sus oyentes. Celebró los sacramentos, llevando siempre lo necesario para la Misa en su mula “malacara”. Ningún enfermo quedaba sin los sacramentos. Fue un promotor de la dignidad, los derechos humanos y la calidad de vida de su gente. Tuvo un gran celo apostólico y misionero. En cada paraje que visitaba iba a buscar o se hospedaba entre los más alejados de la fe o los de peor reputación. Cuando alguno de sus parroquianos intentaba criticar esa práctica, él solía decir que ésa era la costumbre de Jesús, siempre buscando a la oveja perdida. 


Por su contacto con leprosos contrajo la enfermedad y tuvo que renunciar a su parroquia. Como sus fieles no podían olvidarlo, respondiendo a la solicitud de sus antiguos parroquianos, regresó aunque ya no fue lo mismo. Por temor a la lepra, poco se acercaban a él. Murió solo, viejo, pobre, ciego, sordo y leproso el 26 de enero de 1914.  Su muerte fue solitaria, difícil y dolorosa. En José Gabriel brillan muchas virtudes heroicas de gran humanidad: coherencia, integridad, pobreza, valor de la palabra dada, cercanía y sencillez en el trato, solidaridad, fervor apostólico, contemplación, humildad y despojo. Vivió una fe encarnada. Fue un líder y un indiscutible referente  entre los suyos. Un hombre totalmente entregado, ingenioso para las obras y los vínculos, inteligente, pícaro, sagaz, ocurrente, con mucho sentido del humor, fuerte y -a la vez- tierno. Practicó el diálogo en medio de un país y una Córdoba conflictiva. Su figura fue muy influyente en la sociedad cordobesa de su tiempo. No sólo fue un sacerdote santo sino, además, un ciudadano abnegado. El proceso que lo lleva a la canonización –al igual que su vida-  no fue fácil. Llevó 48 años desde que comenzó en 1968. 


Fuente: Yo Creo - Autor: P. Eduardo Casas


 
 

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