Ernesto Sábato (segunda parte)

Última entrega de esta semblanza espiritual. Un hombre en la búsqueda de Dios frente al misterio del dolor.

 
Ernesto Sábato (segunda parte)

El dolor, como hemos visto repetidas veces, despierta de manera acuciante la pregunta sobre Dios. Un Dios cuya existencia o cuya bondad son salpicadas por el propio dolor y sufren entredicho.


- La tarde desaparece imperceptiblemente, y me veo rodeado por la oscuridad que acaba por agravar las dudas, los desalientos, el descreimiento en un Dios que justifique tanto dolor.


  En el atardecer de 1998, continúo escuchando la música que él (su hijo Jorge) amaba, aguardando con infinita esperanza el momento de reencontrarnos en ese otro mundo, en ese mundo que quizá, quizá exista.


  ¿Cómo mantener la fe, cómo no dudar cuando se muere un chiquito de hambre o en medio de grandes dolores, de leucemia o de meningitis, o cuando un jubilado se ahorca porque está solo, viejo, hambriento y sin nadie?


Al mismo tiempo, Dios es ardientemente deseado como garantía de inmortalidad y como Padre compasivo.


- Después de la muerte de Jorge ya no soy el mismo, me he convertido en un ser extremadamente necesitado, que no para de buscar un indicio que muestre esa eternidad donde recuperar su abrazo.


  En mi imposibilidad de revivir a Jorge, busqué en las religiones, en la parapsicología, en las habladurías esotéricas, pero no buscaba a Dios como una afirmación o una negación, sino como a una persona que me salvara, que me llevara de la mano como a un niño que sufre.


  Hace poco he visto por televisión a una mujer que sonreía con inmenso y modesto amor. Me conmovió la ternura de esa madre de Corrientes o del Paraguay, que lagrimeaba de felicidad junto a sus trillizos que acababan de nacer en un mísero hospital, sin abatirse al pensar que a estos, como a sus otros hijos, los esperaba el desamparo de una villa miseria, inundada en estos momentos por las aguas del Paraná. ¿No será Dios que se manifiesta en esas madres?


Como Antonio Machado escribió de sí mismo, vemos a Ernesto Sábato siempre buscando a Dios entre la niebla. "Un Dios en cuya fe nunca me he podido mantener del todo, ya que me considero un espíritu religioso, pero a la vez lleno de contradicciones".


- Muchos se han cuestionado la existencia de ese Dios bondadoso que, sin embargo, permite el sufrimiento de seres totalmente inocentes. Una santa como Teresa de Lisieux tuvo dudas hasta momentos antes de su muerte; y, en medio del tormento, las hermanas la oyeron decir: 'Hasta el alma me llega la blasfemia'. Von Balthasar dice que, mientras hubiera alguien que sufriese en la tierra, la sola idea del bienestar celestial le provoca una irritación semejante a la de Ivan Karamazov. Sin embargo, luego muere en la fe más inocente, absoluta, como también Dostoievski, Kierkegaard y el endemoniado Rimbaud, que en su lecho suplica a la hermana que le suministren los sacramentos.


  Y entonces, cuando abandono esos razonamientos que acaban siempre por confundirme, me reconforta la imagen de aquel Cristo que también padeció la ausencia del Padre.


Al final:


- Yo oscilo entre la desesperación y la esperanza, que es la que siempre prevalece (...). Por la persistencia de ese sentimiento tan profundo como disparatado, ajeno a toda lógica -¡qué desdichado el hombre que solo cuenta con la razón!- nos salvamos, una y otra vez.


Extracto de "10 ateos cambian de autobús", de José R. Ayllón, Madrid, Palabra, 2009, pags. 40-42.

 
 
 

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