Goles son amores

Una escuela de fútbol en la villa 21-24 de Barracas contiene a niños y jóvenes y logra lo que parece un imposible: que elijan un camino diferente de las drogas. Miguel “Matute” Leiva es un claro ejemplo de que el deporte hecho con amor puede hacer milagros.

 
Goles son amores

"Ese de allá que ves en la foto es Ariel Ledesma, mi hermano. A él lo mataron en 1997 cuando salió a robar con un amigo suyo de la calle", cuenta Miguel Sergio Leiva, o Matute, como es conocido en su barrio, la villa 21-24 de Barracas, mientras señala un modesto portarretratos colgado en la pared, que exhibe la foto de su medio hermano menor vistiendo la camiseta de Independiente, el club de sus amores. "Su muerte fue una de las cosas que me movió el piso y me hizo pensar que no quería terminar en la tumba, sobre todo si existían otras opciones", reconoce con los ojos vidriosos, y su mente parece volar a un pasado no muy lejano.

Matute sabe lo que es sentir los azotes de la vida. Marcado por el abandono de su padre, por tener que vivir separado de su madre de los 9 a los 15 años tras sufrir ella una hemiplejia, por la violencia de su padrastro y por una compleja relación con las drogas, pudo sobreponerse a toda su historia para ayudar a otros chicos a reescribir la propia.

En la época en la que falleció su hermano, se realizó en la villa un campeonato de fútbol organizado por el nuevo párroco de la parroquia local de la Virgen de los Milagros de Caacupé: el padre José María Di Paola, más conocido por todos como el padre Pepe. "Todos los días veníamos a tomar al frente de la canchita y veíamos el torneo. Había un equipo en el cual como todos los que lo integraban eran gorditos o chicos que no sabían jugar al fútbol, siempre perdían por goleada, y por eso nadie los quería entrenar", cuenta Matute, un hombre alto y robusto, que habla con tranquilidad provinciana y con palabras que hacen mella en el corazón de quien lo escuche. Tiene ojos color caoba y una mirada que destila sencillez. Así es también su personalidad: humilde, cálida y sensible. Su experiencia le dio mucho para contar y no poco para replicar, pero lejos de mostrarse fatuo y superado, él cuenta su vida como fue, sin evitar ningún detalle. "Yo te cuento todo, porque para bien o mal es parte de la vida de uno", reconoce con modestia.


Su misión como DT

Al ver la tristeza de los chicos en los potreros, Miguel recordó cuando él siendo joven se encontró en esa situación de abandono y se propuso como DT del equipo. Sin saberlo, allí encontraría el cambio personal que encausaría su vida: "Entrenaba a los chicos tres veces por semana, y para llegar sobrio y darles lo mejor de mí, esos días no tomaba ni consumía nada".

Poco a poco, el equipo empezó a mejorar, hasta llegar a empatarle por 1-1 al primero de la liga y único invicto del torneo. "Toda la villa salió a festejar el resultado de ese partido, los mismos padres que antes no me querían ni ver se acercaron a felicitarme y ahí entendí todo, entendí que podía encontrar el respeto de la gente a través de mis méritos". Su equipo se convirtió rápidamente en el preferido local, y pese a su ubicación en la tabla logró llevarse la Copa de la Amistad, entregada por ser el equipo con menos infracciones cometidas. Matute se había transformado en el ídolo de los chicos.

Concluido el torneo, Miguel volvió a sentirse vacío y recurrió al consejo de Isidora, una misionera de la iglesia de Caacupé que hizo las veces de guía espiritual para él, y lo llevó con el padre Pepe para que le ayudara a cambiar para siempre el destino de su vida.

Inmediatamente después del campeonato de fútbol empezó a ayudar activamente en la parroquia y en el merendero Los Changuitos, hasta que al fin decidió abrir la primera escuelita de fútbol en la historia de la villa. "Arranqué con la escuelita porque era algo nuevo, antes acá en la villa todo lo que se hacía era por política y, en realidad, lo que se necesitaba era un lugar de contención par que los más chicos no estuviesen en la calle o al alcance de las drogas", dice Matute, que a los 13 años –cuando volvió a la villa 12-24– empezó a vivir la peor época de su vida, abrazado a las drogas.

"Encontré que todos mis amigos de la infancia ya fumaban, tomaban, se drogaban con Poxy; algunos hasta salían a robar. Yo, para no quedar afuera de aquel grupo, comencé a salir con ellos y hacer las mismas cosas. Nada de lo que hacíamos era por maldad; en ese momento, para nosotros era parte de una travesura, teníamos metida la idea de que el que traía más cosas, era el más capo". Por ese entonces, la droga más accesible para sus amigos era la bolsita de Poxiran, un pegamento que en el pasado llevaba tolueno en su composición química y desprendía vapores narcóticos que al ser inhalados producían una sensación de bienestar temporal, pero también daños irreparables en el tejido cerebral.


Cambio de rumbo

Pero el nacimiento de su hijo Diego a sus 18 años y la muerte de su hermano, lo llevaron a dejar de lado la delincuencia y las adicciones: "Quería darle a mi hijo todo lo que yo no tuve, nunca quise que conociera todo lo que yo viví", reconoce, y arruga los ojos al sonreír con picardía.

Fueron más de 500 chicos de los distintos barrios que comprenden la villa los que se anotaron en la escuelita y, ante tal convocatoria, rápidamente se creó un torneo. Buscando fomentar la solidaridad y el compañerismo por sobre la competencia y el éxito personal, Matute junto al padre Pepe decidieron tomar prestada una idea del rugby para llevar a cabo al final de cada partido: el tercer tiempo. Un momento espiritual de reflexión donde los chicos celebraban misa y compartían la merienda con quienes habían sido sus contrincantes dentro de la cancha. "Durante el tercer tiempo el padre hablaba sobre Dios y trataba de acercar a los chicos a la Iglesia, para que supiesen que no estaban solos y había gente dispuesta a darles contención. Esa contención que, de haber existido antes, quizás hubiese impedido que yo perdiera a mi hermano".

Su nuevo rol social lo llevó a pensar que así como había podido dejar atrás las drogas y el alcohol, también podía terminar sus estudios secundarios para algún día poder conseguir un trabajo decente que le permitiera salir de la villa. Así fue que con ayuda de Isidora y el padre Pepe se anotó en la Escuela N° 11 Hipólito Yrigoyen de Barracas, y comenzó a cursar en ella de lunes a viernes, en el turno vespertino (de 18 a 23). Sus pares y amigos, lejos de apoyarlo, se reían y mofaban de él: "Me decían de todo porque yo iba a la parroquia, a la escuelita de fútbol y después a estudiar a la escuela. Pensaban que yo era raro, diferente. Me gritaban ¿qué vas a estudiar vos, borracho de mierda? Si sólo servís para robar, pero yo no les prestaba atención, me iba tranquilo a estudiar. Hoy uno de esos que me gritaba acaba de retomar los estudios".

El 30 de noviembre de 2004, Matute recibió en presencia de su familia, Isidora y el padre Pepe, su título en bachiller secundario, que hoy exhibe orgulloso en el living de su casa muy cerca de la foto de su hermano. En cinco años de estudio no sólo nunca se llevó una materia, sino que además llegó a ser escolta de la bandera. Aún recuerda que cuando alguien le preguntaba sorprendido por sus elevadas notas, él le respondía con humildad: "Es que quizá mi cerebro estaba en otro lado, pero también estudiaba".


Nada es imposible

Actualmente trabaja como chofer de la línea 188 de colectivos y sigue colaborando con los proyectos sociales de la parroquia.

Todo lo logró sin abandonar a sus chicos. Es que, como dijo el escritor y orador estadounidense John Maxwell: "Cuando nuestras actitudes superan nuestras habilidades, aun lo imposible se hace posible".

Y así es Miguel Leiva, una de esas personas que demuestra que la palabra imposible es tan sólo una cuestión de perspectiva. Allá va él, caminando con su hija, Milagros, que lo besa en la cara y su mujer, Yesica, que le toma afectuosamente la mano, se alejan tras la cancha de polvo y tierra de fútbol, esa cancha que, como supo definir él, es la cancha donde empezó su vida.

Fuente: Leandro Millán, La Nación.


 

 
 

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