Hay equipo

Los Murciélagos salen a la cancha por un nuevo sueño olímpico. En esta nota, su capitán, Silvio Velo -evangelista y padre de cinco hijos- cuenta cómo es ser la estrella del gran seleccionado argentino de no videntes

 
Hay equipo

Faltan dos cuadras para nuestra parada", avisa Silvio Velo, sin desatender la conversación con una desconocida, sentada al lado de él en el colectivo. Con esa exactitud, el capitán de los Murciélagos, el seleccionado argentino de fútbol para ciegos, y ese carisma único, Silvio se levanta de su asiento y le aconseja a la pasajera que no baje los brazos con su enfermedad. "Parece que va a llover", huele poco antes de que granice, y cruza la avenida sin desplegar su bastón.


Silvio tiene un andar alegre y ágil, al ritmo de sus carcajadas y del constante chasquido de sus dedos. En este golpecito de las yemas de sus dedos guarda un inmenso poder: su propio radar. La ciencia llama ecolocación al rebote que las ondas sonoras realizan sobre los objetos, eco que le permite a Silvio calcular distancias cortas o la presencia de cuerpos a su alrededor. A él no le importan demasiado los detalles, sólo saber que cuenta siempre con esta destreza que lo hace único, y en la que confía con todo su ser.


Desde hace dos décadas, de lunes a viernes, Silvio viaja desde San Pedro hasta el Cenard (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), en Núñez, para ir a trabajar. Allí están sus oficinas: la cancha de fútbol, el gimnasio y el vestuario. "¿Cuánta gente tiene mi suerte? Hago lo que amo, y me pagan por eso. No falto nunca y cada día pongo lo mejor de mí en cada entrenamiento. Nadie tiene el puesto ganado", dice. A sus 41 años sigue siendo el goleador del equipo, pero aunque se mantiene en un excelente estado físico tiene compañeros y rivales mucho más jóvenes que él.


Hoy, el objetivo de Silvio es lograr el mejor desempeño en los Juegos Paralímpicos que comenzarán el miércoles en Londres, donde su equipo compite con otros ocho seleccionados. El primer partido contra Irán, el próximo viernes, lo inquieta. "Quiero ganar, para esto entreno y me pega mucho perder."


Silvio no tiene ídolos ni cábalas. De religión evangelista, no cree en santos y dice que su único referente es Dios. "Hay una fuerza que está en todos nosotros y hay que aprender a usarla, a que nos guíe. No soy distinto al resto. Sólo utilizo esa garra para salir adelante", dice.


Y hay otro motor que lo guía y lo define: el humor. "¿A vos te parece? Me llamo Velo y nací ciego. Parece joda, che." Con este tono y esta actitud, él, que es goleador, encuentra su mejor mecanismo de defensa. Y así, él, que es capitán, controla todo tipo de situaciones, marcas las reglas y delimita el área.


El Maradona del fútbol para ciegos tiene en común muchas cosas con Diego. Un origen humilde, victorias mundiales y también una fiel compañera: Claudia. Ella, de visión perfecta, es la madre de los cinco hijos de Silvio (que van desde los 6 hasta los 17 años). "Como padre soy muy descontracturado, nada rígido. No me siento en la cabecera ni tengo un lugar asignado en la mesa. Hablo mucho con ellos y me tienen mucho respeto", cuenta orgulloso.


El nacimiento de un crack


En el comedor del Cenard se vive el clima olímpico. Los atletas meriendan en silencio, atentos al televisor. Las Leonas están disputando un partido y cuando el relator acelera el tono, Silvio se calla para escuchar la jugada. "Viene el gol." Segundos después, el relator grita el gol. "¿Viste? Te dije. ¿Quién lo metió?", pregunta divertido. Silvio se entrena en la misma cancha de Las Leonas, estuvo en la casa de Mercedes Sosa, conoció a Diego Maradona, a Lionel Messi, y a tantos otros, que lo llaman por su nombre.



Silvio nació en San Pedro y vivió toda su infancia en un rancho de barro, sin luz eléctrica. Allí compartía el espacio con su padre albañil, su madre ama de casa y once hermanos. "En una cama de dos plazas dormíamos cinco hermanos. Estábamos tan pegados que hasta soñábamos lo mismo. Nos despertábamos para poder descansar", festeja su propio chiste, y brinda con un café con leche y dos barritas de cereal.


"Mi mamá tenía esa enfermedad de los gatos, ¿cómo se llama? Toxo. sí, toxoplasmosis. A mí me tocó nacer ciego. Un hermano mío falleció, el más chiquito tuvo un problema también y murió. Es lo que pasa cuando son tantos en una familia. Pero fuimos muy felices. No lo digo para dar lástima. Estoy orgulloso de donde vine y todos mis hermanos pudimos salir adelante", dice sin dar más detalles y se pone serio por primera vez. A los 7 años lo operaron de cataratas congénitas, pero el resultado no fue satisfactorio. Silvio no se desanimó.


Sus hermanos lo llevaban a todos lados con ellos y siempre se sintió parte del grupo. Adonde más le gustaba ir era al potrero. "Todos los chicos veían, y yo sabía que estaba en inferioridad de condiciones, pero lo que a mí me interesaba era estar con ellos y compartir ese momento. No me ponía triste. Para nada. Me ponía feliz estar ahí", recuerda.


Desde que terminó el jardín de infantes y hasta los 10 años, Silvio no asistió al colegio. Pasaba los días en su casa y esperaba a que sus hermanos salieran de la escuela para ir a jugar. No existe, hasta el día de hoy, un colegio para personas no videntes en San Pedro. Sus padres querían darle una educación y ayudar para que el futuro de su hijo fuese diferente, para que tuviera las mismas posibilidades que los demás.


El instituto más cercano para ciegos es el Román Rossell, en San Isidro, donde Silvio permaneció pupilo. "Uf, pupilo suena a pesadilla. Como internado. Pero allí fui feliz", cuenta. Aprendió a leer en método Braille, y también conoció su gran pasión: el fútbol para no videntes. "Descubrí que las personas con discapacidad visual jugaban al fútbol, pero con una pelota con sonido. Para mí era increíble. Me la pasaba todo el día en la cancha. No me podían sacar", cuenta.


Enrique Nardone era el profesor de educación física en el Rossell y vio en Silvio algo único, que lo distinguía del resto, y la fama del pequeño jugador comenzó a crecer, dentro y fuera de los muros del instituto. A los 13 años, Silvio dio su primera entrevista a la revista Semanario. Nardone no sólo entrenaba a los chicos. Comenzó a hablar con sus colegas argentinos y de otras partes del mundo para formar seleccionados de fútbol para ciegos. En 1991 la pasión de multitudes comenzó a iluminar aquellos sitios donde antes había oscuridad.


"¿Quién dice que no puedo ver los partidos? Los escucho, los veo, los siento", y en ese universo que tan bien conoce se ríe de una nueva especie que rodea este deporte. "Nosotros no tenemos botineras. Están las bastoneras. Pero la verdad es que no las veo, che. ¿Con eso zafo? Porque si no duermo afuera", remata.


Silvio habla de un zoológico al que quiso sumarse: "Estaban las Leonas, los Pumas y nosotros necesitábamos un nombre. Y así, casi como un juego, nos bauticé en un vestuario los Murciélagos. Hasta el día de hoy quedó", dice Silvio, orgulloso de su mayor logro, mayor que cualquier medalla o copa y con la sabiduría de que la identidad no es un título que se defiende: permanece más allá de cualquier campeonato.


El hombre radar


Silvio es el goleador histórico del equipo y un jugador de toda la cancha. "Si hay que defender, corro a nuestra área. Las posiciones van rotando y tenés que estar entrenado para desempeñarte en todos los puestos", explica.


Hace poco History Channel lo eligió para su serie de documentales sobre personas con capacidades sobrenaturales. Allí se apodó a Silvio el hombre radar, un mote que a él le causa mucha gracia. "Los no videntes desarrollamos esta, ¿cómo es?, ecolocación. No sabía que se llamaba así, pero la tengo desde siempre." La ecolocación es la habilidad que tiene una persona para definir que hay un cuerpo en el espacio y de determinar de qué está hecho, a partir de los sonidos que la misma persona emite o que rebotan a partir de aquel cuerpo. Este mecanismo también lo desarrollan algunas especies animales, como los delfines.


Esta capacidad aparece cada vez que Silvio golpea su bastón o hace chasquidos, y en especial cada vez que llega a una cancha. Allí despliega toda su destreza para sortear esos cuerpos -si de contrincantes se trata-, hacer un sinfín de gambetas y definir al arco.


Silvio también tiene desarrollados el tacto, el oído, y en la lista de sentidos incluye la intuición: "Sé si las personas a mi alrededor están tristes o contentas, si tienen algún problema, si sufren, si son sinceras. Tengo esa sensibilidad. Puedo ver el interior de las personas. Ojalá más pudieran hacerlo. Así me enamoré de Claudia cuando la conocí. Me gustaría decirte que fue amor a primera vista, pero no. Fue su dulzura la que me impactó", dice y evapora el comentario romántico con humor.


Un mensaje para todo el planeta


"A mí no me hubiera gustado ser otra cosa más que jugador de fútbol. Cuando entro a la cancha se produce algo mágico que no lo puedo explicar", habla de ese territorio en el que es amo y señor. Pero lo que sí puede explicar es cómo superar obstáculos. Silvio da charlas a distintos grupos, no sólo a no videntes, y eso lo hace feliz: "Sería mezquino hablarles a mis pares. Mi mensaje es para todo el planeta".


Desde hace 20 años sus compañeros lo eligen capitán de la selección. Silvio no quiere comparar su estilo con el de otros. "No sé cómo son Riquelme o Almeyda. Yo soy yo. Y lo que entiendo es que un líder nunca debe ser autoritario. Al contrario, tenés que dejar ser a las personas tal cual como son y ayudarlas a crecer. La vida está llena de dificultades, entonces, ¿para qué vas a sumarles más problemas a las personas que te rodean?", resume su filosofía de vida y en el campo de juego.



"¿Qué? ¿A vos nunca te discriminaron? ¿Quién no se sintió así alguna vez? Sí, la gente lo hace todo el tiempo. Digo, todos lo hacemos. Pero no hay que victimizarse", explica.


"Yo quería poder mantener a mi familia y jugar al fútbol. Y lo logré. Hago las dos cosas al mismo tiempo", reflexiona. Y a ese sueño que ya es un hecho, Silvio le suma otros en el último tiempo: convertirse un día en director técnico y tener su propio programa de entrevistas: "Agarrate que ya tengo el nombre: Velo bien. Sí, un juego de palabras con mi apellido".


Salimos caminando del Cenard. Silvio me dice que en la vida hay más gente buena que mala. Y comienza a hablarme otra vez del radar, pero esta vez no lo aplica al deporte. "Acercate a quienes te hacen bien; alejáte de los que te hacen mal, y si no los podés evitar, eludilos." Así de simple. Se sube al colectivo de línea y el chofer lo reconoce. "Es el jugador de fútbol", le dice el hombre a otro pasajero. En esta vida, Silvio no es un pasajero; él es su propio conductor y se dirige sin vueltas hacia su meta.


Una hinchada atenta a un balón sonoro


Antes de dar comienzo a cada partido de fútbol para ciegos, se ruega a los espectadores absoluto silencio. Los jugadores deben poder escuchar la pelota, que posee un dispositivo con sonido y permite su localización en el campo. La cancha de césped sintético y húmedo, de 40x20 m, está vallada.


Esta disciplina tiene las mismas reglas del fútbol sala convencional. Hay cinco jugadores por equipo. Uno de ellos, el arquero, a diferencia de sus compañeros, es vidente. El es una de las tres patas de sus compañeros y la brújula de la defensa. La segunda columna la conforma el director técnico del equipo, que da las indicaciones desde el banco; y la tercera es la de un guía, que se ubica detrás del arco contrario y orienta las jugadas ofensivas.


Todos los jugadores no videntes usan parches oculares, sobre ellos gafas, y luego se cubren con cintas para evitar cualquier filtración de luz. Es que hay diferentes grados de ceguera y están aquellos que distinguen colores, quienes advierten obstáculos y quienes son absolutamente ciegos.



En esta disciplina no existe el offside, pero sí hay infracciones graves. La peor de ellas es no advertir a los demás con el grito de voy cuando se disputa una pelota, lo que constituye una falta.


El recorrido de un campeón


Silvio Velo lleva más de dos décadas al frente del seleccionado argentino de fútbol para no videntes, los Murciélagos, como él mismo los bautizó, y ese mismo período también como capitán. Viajó por todo el mundo representando a la Argentina y trayendo copas y medallas, y siendo el máximo goleador argentino de esta disciplina.


En su historia de victorias se encuentra el primer puesto consecutivo en los Mundiales que se disputaron en Río de Janeiro en 2002 (con un gol suyo que fue clave para obtener la copa), y en 2006, en Buenos Aires. También lideró el equipo subcampeón en el Mundial de Campinhas 1998, y el de Jerez en 2000.



los Murciélagos se consagraron campeones de la copa IBSA 2008, en Madrid. Velo además llevó la banda de capitán en los Juegos Paralímpicos en Atenas 2004, donde el seleccionado obtuvo la medalla de plata, y en Pekín 2008, donde la Argentina regresó con la medalla de bronce.


Rumbo a Londres


ARQUEROS


Darío Lencina (Escobar, Buenos Aires)


Guido Consoni (Capital)


DEFENSORES


Lucas Rodríguez (Córdoba)


Angel Deldo (Chaco)


Froilán Padilla (Santiago del Estero)


Federico Acardi (Mendoza)


MEDIOCAMPISTAS


David Peralta (Santa Cruz)


Marcelo Panizza (Boulogne, Buenos Aires)


DELANTEROS


Luis Sacayán (Tucumán)


Silvio Velo (San Pedro, Buenos Aires)


Martín Demonte DT


German Márquez Preparador físico


Claudio Falco Ayudante de campo.


 


(Fuente: Por Laura Ventura  | Para LA NACION)


 


 
 
  • Fernando
    A DIOS gracia que exista, Silvio. Estás son las notas que tenemos que hacer circular. Con cosas concretas y simples, camina en la vida.

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación