Las voluntarias del Hospital Gutiérrez

La tarea noble y silenciosa de 120 mujeres que prestan sus servicios a niños internados y sus familiares.

 
Las voluntarias del Hospital Gutiérrez

Una nota publicada en el diario Clarín el pasado 22 de agosto, da cuenta de los 50 años del Servicio de Voluntarias del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, de la ciudad de Buenos Aires.


Entre tantas noticias que nos empujan a la desenperanza, este artículo nos presenta la otra cara de la realidad: la de las muchas personas que ofrecen su tiempo, esfuerzo y talento (es decir, a ellas mismas) para hacer felíz a otros o, al menos, para paliar sus sufrimientos.


Es que en un hospital el dolor (físico y espiritual) es moneda corriente, exige a las voluntarias entereza, capacidad de escucha, y una gran generosidad.


Por supuesto que no faltan las alegrías. Cuando los chicos reciben el alta y retornan a sus hogares regalan una sonrisa que entibia el alma. Ese es el único "pago" que reciben estas personas por su inestimable servicio.


Acercarse a los chicos y familiares -según el testimonio de Marta Menkch, una de la voluntarias- exige paciencia y respeto por los tiempos del otro. Ir a su encuentro implica no imponerse sino descubrir cuál es su necesidad, qué es lo que espera.


Las voluntarias son todas mujeres, la mayoría de ellas de mayores. Han encontrado en esta tarea una forma de servir a los demás, de aprovechar ese tiempo libre del que se disfruta cuando los hijos ya son grandes y hay menos obligaciones.


Muchas personas pueden sentir que ya no son útiles, que su tiempo ya pasó y no tienen nada para ofrecer. Las voluntarias son prueba de que no es así. Por el contrario, la experiencia y madurez adquirida a lo largo de la vida, son un tesoro pueden compartir con los pequeños internados y sus familias.  Saben que pueden ofrecer un oído dispuesto a escuchar, una palabra de aliento, un pequeño consejo, compartir silencios y esperas, brindar una sonrisa u enseñar una tarea manual que ayude a pasar el tiempo de internación.  


Ciertemente que podemos sospechar que no a todas las impulsa un sentido puro de servicio. Tal vez algunas estén cubriendo un vacío en sus vidas o intentan superar una situación difícil. Pero, si así fuera, ¿qué tendría de malo?. Superar la adversidad brindando un servicio a otro es doblemente bueno, ayuda a quien se ofrece y a quien recibe. Salir de sí mismo para ir al encuentro del que sufre es, tal vez. la mejor forma enfrentar la soledad y el pesimismo. 


Las voluntarias desarrollan una tarea noble y silenciosa que no suele recibir aplausos (tampoco los que buscan) pero que hace mucho bien.  Bien a los chicos y a su familias, a los profesionales de la salud con los que colaboran, a ellas mismas y -en esta ocasión- a quienes tenemos la oportunidad de conocer su servicio y brindarles, humildemente, nuestro homenaje.


M.N. © Yo Creo



 


 


 

 
 

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