Lo posible de lo imposible (I)

¿Hay algo más hermoso que ganar una causa perdida? Sí, hacerlo por un hermano.

 
Lo posible de lo imposible (I)

Un grupo de personas y de organizaciones va a contramano del mundo y, en vez de sacar cuentas y concentrarse en la ecuación inversión-rendimiento, dejan todo con tal de mejorar aunque más no sea una sola vida. Porque cuando se trabaja con personas con realidades demasiado vulnerables, lo importante no son las cifras sino el cuerpo a cuerpo, la entrega absoluta y el amor incondicional. Entonces ya no es relevante si son uno, cinco o diez, sino que el foco está puesto en las mejoras que reciben estas personas en su día a día.

Estos casos “fuera de serie” son los que nos presenta Micaela Urdinez en el diario La Nación, un relato acerca de amantes de las causas perdidas:

“Siempre se dedicó a trabajar en temas de derechos humanos pero la primera vez que escuchó el testimonio de una mujer víctima del tráfico de personas, su vida cambió para siempre. “Cuando te enterás de los sufrimientos de las víctimas, de las cosas que les hacen, de la situación de desamparo en la que están y la profunda injusticia que esto representa, uno no puede tomar otra actitud que hacer algo. Es como saber que hay esclavos a la vuelta de tu casa y no hacer nada. No puedo hacer la vista gorda y salir a comprar la camisa más barata en La Salada”, explica Mercedes Assorati, responsable del Programa Esclavitud Cero de la Fundación El Otro, que vivió 10 años en Colombia luchando contra los carteles de la droga y sus aberraciones, y hoy siente que hace lo mismo pero en la Argentina. “Paulatinamente, el crimen organizado va tomando el control de más actividades: como la industria textil y la prostitución. Lo que no es trata, tiene una línea divisoria tan delgada que no sabés si es o no trata porque son situaciones de explotación descarnada. No hay situación de violación de los derechos humanos que me parezca más acuciante y que necesite mayor intervención. De hecho, creo que la trata es el desafío más grande en relación a los derechos humanos en el siglo XXI”.

Los días de Mercedes se diluyen en una tarea titánica que implica sortear la burocracia estatal, lidiar con la corrupción en todas sus formas, ver como miles de denuncias quedan sin efecto y tolerar que los prostíbulos sigan abiertos y los tratantes impunes. Lo único que la salva del desconsuelo, es el contacto directo con las víctimas y saber que colabora de alguna manera en sanar el corazón de estas personas que cargarán con cicatrices el resto de sus vidas. Supervisa cerca de 30 casos por año, de los que estima que sólo 5 tienen un final feliz. Las cifras no son alentadoras, pero las historias de vida sí. “Cada vez que nos agarra la frustración, pensamos que con tal de salvar a una persona, ya vale la pena. Porque cuando las cosas salen bien, tenés una víctima que te sonríe, que empezó a trabajar, que consiguió un departamento. El año pasado hubo una chiquita en Chile que se iba a ir a México con un tratante. Hablamos con diferentes organismos y ONG del lugar, y cuando la chica llegó a México había una comitiva de 15 personas esperándola. Hoy está bien y controlada. También tuvimos el caso de una nena cuya madre había desaparecido víctima de trata y la restituimos a la abuela. Otro caso es el de una chiquita que pasó por distintas formas de trata, los padres murieron y la tía la hacía trabajar en servidumbre doméstica, después en un taller en Buenos Aires, se puso de novia con un chico que la metió en la trata, se escapó 2 veces y hoy ya terminó el secundario, estudió peluquería y está trabajando”, cuenta Mercedes, que guarda estos éxitos como tesoros en su corazón.

A todas ellas, les hacen un seguimiento para que no vuelvan a caer en las redes de tráfico y puedan reinsertarse socialmente. Las ayudan con la tenencia de sus hijos, a hacer juicios laborales si fueron víctimas de trata laboral, a obtener su DNI, a conseguir un trabajo digno y a restituir el resto de los derechos que fueron vulnerados. De esta forma, Assorati siente que está haciendo algo valioso para cada una de estas chicas, para toda la sociedad pero también para su familia. “Si no hago nada, las redes de crimen organizado van a tener paulatinamente más control. Y cuando me quiera acordar a mi hija también me la van a hacer desaparecer”.


Micaela Urdinez (Adaptación)


 

 
 

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