Lo posible de lo imposible (II)

Algunas personas se dedican a las causas más complejas y sostienen que todo el esfuerzo vale la pena, con tal de mejorar una vida.

 
Lo posible de lo imposible (II)

Adalides de lo imposible, muchas personas por suerte están convencidas de que vale la pena todo esfuerzo con tal de salvar una vida, de calmar una angustia, de escuchar una pena, de recibir una sonrisa o un abrazo de agradecimiento. Por eso, se ponen la armadura contra las frustraciones y salen al campo de batalla en inferioridad de condiciones, pero dispuestos a dar lo que haga falta por una causa.

“A mí me gustaría morirme acompañada”, sostiene Roxana Amuchástegui de Rey Nores y por eso dedica su vida a esta noble tarea en La Casa de la Bondad de la Fundación Manos Abiertas, en Córdoba. Actualmente son diez las personas que pasan sus últimos días en este hospicio que realiza cuidados paliativos a personas con enfermedades terminales.

“No hay nada curativo. Ni aceleramos ni postergamos la muerte de los pacientes. Lo único que hacemos es acompañarlos, estar con ellos y tratar que tengan la mejor calidad de vida hasta último momento, sin dolor”, explica Amuchástegui, trabajadora social y vicedirectora del hogar por el que ya pasaron 300 personas y que tiene una capacidad de 15 camas.

Los pacientes llegan muy “golpeados”, con muchas carencias económicas y afectivas, y Amuchástegui –junto a un grupo interdisciplinario de profesionales y voluntarios– se ocupan de sanar muchas heridas, justo en la etapa más difícil de sus vidas porque es cuando se enfrentan a la muerte. “Con muy poco, como ser una atención cariñosa, lográs que personas duras, sufridas, se vayan contenidas y en paz. Cuando ellas logran dejarse querer, y aceptar esta realidad, y te permiten estar cerca, hay una gran alegría. Algunos nos dan unas clases de vida impresionantes. Se reconcilian con ellos mismos, con sus familiares. El que queda, queda en paz. Y el que se va, se va en paz”, resume Amuchástegui, que recuerda que gracias a su fe religiosa, no ve a la muerte como una tragedia sino como el comienzo de otra vida.

Los pacientes pasan un promedio de 6 meses con ellos, en los que además de recibir mucho amor y contención, tienen la posibilidad de reconciliarse con ellos mismos y con sus seres queridos. Mientras tanto reciben la mejor atención médica y la ternura de más de 200 voluntarios que los lavan, los alimentan, los cambian de posición, conversan con ellos, los escuchan y comparten momentos.

“Cada uno de ellos que podemos cuidar y se muere en paz, para nosotros es un logro enorme”, agrega Amuchástegui, una ejemplo de amabilidad y dulzura.


Fuente: Micaela Urdinez, Diario La Nación.


 


 
 

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