Lo posible de lo imposible (III)

Una madre que refleja en la tierra la "paternidad maternal" de Dios sobre todas sus criaturas, muy especialmente por los niños carentes de afecto.

 
Lo posible de lo imposible (III)

Una madre que refleja en la tierra la "paternidad maternal" de Dios sobre todas sus criaturas, muy especialmente por los niños carentes de afecto, por cada uno de ellos, único como es.

Para Vicky Acosta –madre del corazón de 30 chicos que pasaron en tránsito por su casa– lo más importante es que cada chico sepa que alguien lo quiere, que alguien lo elige, que alguien lo cuida. Por eso es una de las fundadoras de Familias de Esperanza, una organización especializada en acogimiento familiar y que ahora dirige dos hogares que albergan a 65 chicos en situaciones vulnerables.

"Creo que una vez que te metés en la minoridad en riesgo y tomás contacto con la crueldad de la que la gente es capaz, nunca volvés a ser la misma. Esta vocación me ayuda a mejorar como madre y como persona. Y creo que familiarmente también hemos crecido todos. Hasta hace un mes tuvimos en casa una chiquita que encontraron en la vía pública, pesando un kilo y medio y con hipotermia. Estuvo 3 meses con nosotros y después salió en adopción", cuenta esta mujer que hizo del ser madre su motor de vida. Tiene 7 hijos biológicos –la última con Síndrome de Down– y además adoptaron un octavo, que también tiene Síndrome de Down.

"He tenido muchos chicos, algunos tres días y otros tres años. Grupos de hermanos, chicos con discapacidad. Todo este esfuerzo vale la pena con tal de devolverle a la persona su dignidad. Entonces uno no piensa en los números o cantidad, sino en cada persona. Son chicos que necesitan que le brindes todo porque muchas veces hasta les tenés que devolver las ganas de vivir, les tenés que buscar la mirada, conseguir que te dejen apretarle la manito y lograr que vuelvan a confiar en los adultos. Entonces uno además siente que pudo hacer un cambio positivo en sus vidas", explica Acosta, que mamó en su casa esto de la responsabilidad civil y siempre estuvo metida en el trabajo social.

Cada uno de los chicos que pasaron por su casa la marcaron de una manera diferente pero también tuvo un contacto cotidiano con los chicos que empezaron a vivir en los hogares de menores de la entidad. Y cuando piensa en ellos, Cristina Manitto –pasó de los 7 a los 17 años en uno de los hogares– ocupa sin dudas un lugar especial en su corazón. "Vicky nos llevaba de vacaciones a Córdoba con toda su familia, iba a su casa y me quedaba a dormir, jugaba con sus hijas, los domingos nos llevaba a misa y después a tomar un helado o nos iba a buscar al colegio. Sus hijos son buenísimos y siempre me trataron como una más de la familia", cuenta esta mujer de 20 años que hoy está en pareja, está terminando algunas materias que debe del secundario y tiene un hijo de un año.

"Creo que si no hubiera estado en el hogar, no sería la persona que soy ahora. Y por eso siempre lo voy a considerar mi casa. Allí tuve una infancia feliz, llena de amor, paz, alegría, contención y esperanza. A Vicky la quiero un montón y siempre le digo que es madre que hubiera querido tener", agrega Manitto, que una vez por mes se junta con su "madrina" para ponerse al día y charlar de sus vidas.

Acosta, por su parte, sigue abriendo las puertas de su casa y de su familia para recibir a los niños que hagan falta. "Son chicos que necesitan ver una familia en la que uno prioriza la palabra al golpe, en donde reciben amor y donde ven que también existen los límites. Se habla, se reta y se abraza. Y eso también es bueno", concluye Acosta.


Fuente: Micaela Urdinez, La Nación.

 
 

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