La historia de dos hermanos mellizos que decidieron entregar su vida a Dios. Un video imperdible desde su niñez. Una relación generosa con su familia y con su gente.
La foto que acompaña esta nota la vi, por primera vez, hace quizá cuatro décadas.
Estaba colgada en el comedor diario en la casa de mis abuelos, Valentín y Ángela, y fue tomada cuando mis tíos caminaban algún aniversario de los que hoy son más 50 años de sacerdocio.
Es raro ponerme a escribir esta historia. No puedo desvincularla de mi niñez, ni del amor que mi padre tenía por sus hermanos.
Cada vez que cuento que uno de ellos se llama Raúl César y el otro César Raúl, la gente se me queda mirando como esperando el remate de un chiste corto. Ni se imaginan el asombro en los ojos de quienes escuchan esta historia cuando les confieso que son mellizos. Y además que son mis tíos. Hermanos de mi papá.
Nací con la imagen de dos sacerdotes en mi familia y con el orgullo de ser su pariente.
Son centenares las agendas memoriosas de quienes se han acercado sólo para saber si tenía una relación familiar con ellos:
- “¿…y… qué sos de los curas Molaro?”, me han preguntado hasta el cansancio. Y yo he contestado de acuerdo a mi amistad con Dios en esas horas.
- “Parientes lejanos”; “son mis tíos”; “hermanos de mi papá”… y todo lo que se puedan imaginar, sólo para salir del trance.
Y así fui llevando este parentesco incómodo. Ser sobrino de dos sacerdotes no lo hace a uno muy popular por el barrio de la adolescencia.
Hasta que uno va envejeciendo.
Y entonces toda la historia adquiere otro valor. Aquél que uno no le da, cuando piensa que es inmortal. Cuando cree que los demás están en cosas que no son lo suficientemente importantes.
Un día, una noche, un domingo tarde, cuando ya los niños duermen y tu esposa acomoda los uniformes del colegio de tus hijos para la mañana siguiente, estás frente a la computadora buscando un archivo en youtube y de pronto una parte de tu historia se te pone enfrente.
Alguien “colgó” la historia de estos dos tipos en la red y ahora estoy viéndola. Estoy recorriendo parte de mi propia historia, viendo a mis abuelos más jóvenes, y a mis tíos y a mis primos y a mis padres y hermanas, allí, en esa historia que es también la mía.
Entonces, la vista se me atraganta al reconocer en las sonrisas de esas fotos orgullosas, los genes de mi propia familia, y algunos que ya no están. Y mi mamá, con su cabeza oscura, diferente a las nieves de hoy. Y a mis hermanas, sonriendo sin dolores. Y a mi viejo, con la mano en el bolsillo, en la foto pensada, elegante, amigable, generoso.
Armo un revuelo. Empiezo a enviar emails a la familia primero. Después a otros, un poco más lejanos, mostrándoles esos cincuenta años de sacerdocio de dos tipos comunes.
El problema es que no fueron obispos.
No fueron Papas.
Son dos sacerdotes que se entierran en el confesionario escuchando las historias de la gente común.
Anduvieron en muchos caminos, y se cubrieron del polvo de las orillas de la ciudad.
Recorrieron kilómetros para ver a una familia. A un matrimonio, o a una sola persona que necesitara un sacramento.
Tocaron el timbre en la casa de los que les faltaba el aliento. Abrazaron a miles de moribundos en sus últimos metros camino a la casa del Padre. Perdonaron, con la Gracias de Dios, cosas que –a los que no entendemos- nos resultarían imperdonables. Y así, llevaron almas al Cielo. Secaron lágrimas. Metieron la mano en su propio bolsillo para empujar el ajeno. Despidieron con emoción sobrenatural a su propia sangre.
Pero no salen en la televisión, ni son “mediáticos’. Sus trajes se compran con pocos pesos y sus camisas, son decenarias. Se ven gastados. Y cuando los abrazás, parecen quebrarse.
Su cansancio, no tiene publicidad.
Son dos curas impresionantes. Y son ejemplares.
Son dos santitos, entre nosotros, dando todo lo que les queda por dar.
O.M. © Yo Creo