Mi amigo Matías

Todos, desde pequeños, debemos saber que hay conductas intolerables, impropias de seres humanos.

 
Mi amigo Matías

Leía el otro día que hay famosos que tuitean o publican sobre determinadas marcas comerciales y se sacan una pasta gansa.


Por ponerte un ejemplo: que si Cristiano Ronaldo o El Rubius teclearan en 140 caracteres que han bebido tal refresco y que les ha encantado, eso estaría -está- muy, pero que muy bien pagado.



Y yo pensaba… Con mis pocos miles de followers y las más de 180.000 visitas al blog, ¿me darían algo por decir que me gusta el Cola Cao?



Al poco, va y me entero de que uno de mis seguidores favoritos, Matías, va a regalarme un caballo



Si mi mujer me lee, me dirá que a ver si me he tronao; que esto de los posts se me ha ido de las manos; que dónde vamos a meter semejante animal en un piso en Pamplona…



Para evitar inútiles conflictos conyugales -las mejores batallas son las que no se emprenden- aclaro ya que el equino que me va a regalar Matías está aún… dibujándolo. Eso sí, a todo color. Porque el pequeño artista se las pinta solo.



Tengo un cariño especial por Matías, este amigo de quien no conozco -aún- ni el rostro. Aunque sí que me constan su desparpajo, su alegría y su edad: siete años.



También sé que −desgraciadamente− Matías se puso malito cuando apenas llegaba a los cinco años. Su joven madre me ha tenido muy al corriente de ello y de sus tratamientos.



Por eso el otro día me ‘clavaron un puñal’ cuando recibí, desde allende los mares y a través de su mamá, este mensaje: “Me pide Matías que te cuente que no ha habido suerte en el cole, ¡pero que ya entendió para qué le sirve la calva! Ya cayó en la cuenta de que así, cada insulto que le dejan ir se resbala; y como se resbala, duele de momento y después ya está, ¡ya no duele!”



Y yo −yendo de un lado a su opuesto− me acordé del vídeo del que se da cuenta en este enlace, abajo de la nota.



Ayer por la noche, la madre de Matías me escribió de nuevo



Lo hizo para contarme que el peque se había enterado de que quien os escribe había pedido sugerencias para una próxima entrada en Dame tres minutos (“¿Me das una primera frase para un próximo post?” −enlace−).



Y Matías le dijo a su mamá: “−Puede ser de la soledad…”.



Ella se puso triste y le preguntó por qué:



−“Le contó que en el cole pocos quieren cruzar palabra pensando en que le contagias. Que no puede tocar a nadie antes de que salgan corriendo…”.



“Me dejó sin respuestas…”, finalizaba la compungida madre. Y tras darle yo alguna mía, concluyó su conversación como suelen hacerlo por su tierra: con un “¡Gracias! Que descanses. Bendiciones”.



Reconozco que el comentario del pequeño me dejó tocado.


“Sobre todo, dile a Matías que no está solo, que aquí tiene un amigo de los de verdad. Y que descanse y disfrute del fin de semana”, concluí.


Y hoy, escribo este post por mi amigo Matías. Y por todos los Matías del mundo



Aunque esté cansado. Para que esta entrada del blog cruce el océano y todos los mares que hagan falta y la madre la lleve en mano −si quiere− al colegio. O a las familias de los ‘compañeros’ de Matías a las que el asunto les concierna. A todo aquél a quien competa. O al lucero del alba.



Todos, desde pequeños, debemos saber que hay conductas intolerables, impropias de seres humanos.



Actitudes, acciones u omisiones que hieren gratuitamente. Especialmente a los más débiles.



De poco sirve enseñar, si no le acompaña educar. Decía Martin Luther King: “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”. Y eso se aprende −sobre todo− desde pequeños…



Podría seguir escribiendo… y no me desahogaría.



Acabo recordando que a veces nos preguntamos inquietos por qué mundo dejaremos a nuestros hijos cuando deberíamos preguntarnos, sobre todo, por qué hijos dejaremos a este mundo…



¡Ah! Matías merece un beso, una caricia, en esa cabecita en la que le resbalan los insultos. Porque los besos −esos sí− se quedan allí para siempre. Allí y en su corazón.



Tú puedes darle ese beso compartiendo o retuiteando este post que he querido dedicarle de amigo a amigo.



Aquí todos sumamos: tú, él, ella, el @Rubiu5, @Cristiano y hasta los del @colacao. ¡Que pueden hacer llegar al pequeño Matías lo que les apetezca!



Seguro que les regala una amplia sonrisa. O incluso un bonito dibujo. Aunque no tanto como el que me está haciendo a mí…



¡Matías! ¡Te queremos! ¡Ahí va un post, digo… un beso! ¡Y mándame el dibujo del caballo!



Fuente: José Iribas, en dametresminutos.wordpress.com.



 
 
 

COMENTÁ ESTA NOTA

Código de Validación