Nada es impenetrable para Dios

Un cura en el bosque chaqueño: el modo sencillo y eficaz con que Dios se introduce de modo concreto en la vida de los más alejados.

 
Nada es impenetrable para Dios

En un recóndito lugar del Impenetrable, llamado Comandancia Frías, un obstinado cura español (lo de obstinado es un elogio) reniega más con su médico –para que lo deje en paz– que con sus propios feligreses –para que no pierdan la fe–. El padre Severiano Ayastuy nació en Valladolid, el 7 de enero de 1914. El año del estallido de la Primera Guerra Mundial. El año de la muerte del cura Brochero.


El recuerdo de esos acontecimientos brotan naturalmente en la memoria de este hombre que, pese a los años andados por el mundo llevando la palabra de Cristo por sitios tan remotos como Togo y como el Impenetrable chaqueño, no ha perdido la costumbre de decir, por ejemplo, Madriz.

Un pegajoso mediodía de agosto satura a Comandancia Frías, un paraje chato que cobija a 60 familias y que sobrevive a 110 kilómetros de Fuerte Esperanza; es decir, el patio de atrás del Impenetrable.

Ahí vive el cura Severiano desde 1986.

Su casa está construida con ladrillos y adobe. Protegida por generosas sombras, en un rincón de la pequeña galería se destaca un catre, fiel testigo de los sueños siesteros bajo un tul blanco, impecable, que lo resguarda de los impiadosos mosquitos, jejenes, moscas y arañuelas tejedoras. "Bichitos miserables... inmunes a las plegarias", murmura el cura gaucho.

"Mire que no soy aficionado a las entrevistas", advierte mientras extiende el primer mate.

"¿Que le han hablado de mí, me dice? Bueno, hombre, que no es para tanto, que no es para tanto... Tengo los años que aparento... y un poco más. Soy un cura viejo que ha caminado estos montes más que muchos políticos... Incluso más que muchos políticos en épocas de elecciones..."

Si Comandacia Frías hoy tiene agua potable, es por él. Si funciona un centro del menor, es por él. Si funciona el generador eléctrico, es por él.

Si este pueblito logró sobrevivir al monte y a las promesas incumplidas, también se lo debe a él, un cura anciano que todavía se conmueve cuando ve tantas cruces pequeñas en los campos santos, que sigue sin comprender las razones de tanto analfabetismo, que no acepta la palabra globalización "porque se refiere a las cosas y no se dice, en cambio, mundialización, que se refiere a la gente, como decía Cristo: mundo".

Sus ojos celestes y chiquitos se hacen más chiquitos cuando se le pide recordar ciertas cosas: su llegada al Impenetrable, por ejemplo. "¡Santo Dios! La parroquia que me tocó -porque mi congregación es la Compañía María (marianista) y dependo de Madrid- estaba a 275 kilómetros de Castelli. Vea usted, joven, ahí caí yo... en un departamento de 25.450 kilómetros cuadrados que tenía una sola parroquia y, encima, en el fondo del departamento... más alejado, imposible".

"Durante tres años –cuenta mientras los mates van y vienen– recorrí la zona a pie. Donde llegaba, daba misa: en un paraje, en un rancho, en una escuela, al borde del camino, abajo de los árboles, donde el cielo me lo permitía".

"¿Que por qué me quedé? Porque éste es un lugar desamparado, porque faltaba evangelización, porque abundaban los nacimientos, pero de casamientos y bautismos, ni hablar, hombre, ni hablar. ¡Pero si en un solo día, una vez, bauticé a 52 críos... y otro día, en Fortín Arenales -ni idea tiene usted de dónde queda, ¿no?- bauticé a 62!" La brisa pegajosa ya no asquea como antes. Cae la tarde y el monte entrega sonidos diferentes. Se acabaron los mates.

Alza la voz el cura cuando se le pregunta por el Impenetrable y su gente. "¡Joder...! Esto debería ser un monte bien cuajado, como era antes, y con gente por todas partes. No se está muriendo, creo yo, pero podría morirse. Es que aquí estamos bastante orillados y así vemos la vida: desde la orilla. Es tierra de aborígenes silenciosos y blancos pícaros; de criollos con algún dejo de Martín Fierro –¿lo leyó?–. Tienen cosas buenas, cosas más o menos buenas... pero son religiosos. ¿Sabe por qué sufre el Impenetrable? Porque se lo ha vejado con tanta y tanta y tanta tala. Es que es un negocio fácil y rápido. Vea: vienen enseguida, cortan rápido, cobran pronto, se van como vinieron y lo que queda son lágrimas".

Cuando el médico le prohibió seguir caminando bajo el sol criminal del Impenetrable, Severiano se compró un caballo, al que llamó Maravilla. Cabalgó con él, abrazado a su Biblia, hasta que, hace un par de años, se le murió de viejo. Entonces se compró una mula. No se animó a ponerle Malacara, como le había puesto el cura Brochero a la suya. "La llamé Patas Blancas... Es un animal noble... Bueno, ¡qué va! Noble dentro de lo que son las mulas".

Nació con la Primera Guerra Mundial; se ordenó sacerdote cuando se desencadenó la Segunda; sufrió en carne propia la Guerra Civil Española; vivió doce años en África. Echó raíces en el Impenetrable, en Comandancia Frías, y no se movió más.

Salvo, eso sí, cuando monta su mula para que lo lleve –si el cielo se lo permite y Patas Blancas tiene un buen día– a dar misa por ahí, a casar gente, a bautizar críos.

 

Texto: Jorge Palomar. Fuente: Lanacion.com

 

 
 

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