Tatiana Goricheva: "hablar de Dios es peligroso" (II)

Última parte del testimonio de vida de la dirigente soviética convertida al cristianismo. El encuentro con Dios. El desencanto con el mundo occidental.

 
Tatiana Goricheva: "hablar de Dios es peligroso" (II)

En la escuela, por supuesto, sólo se fomentaban las cualidades externas y combativas. Se alababa a quien realizaba mejor un trabajo, al que podía saltar más alto, al que se distinguía por algo. Con ello se reforzó aún más mi orgullo, que floreció plenamente. Mi meta fue esntonces ser más inteligente, más capaz, más fuerte que los demás. Pero nadie me dijo nunca que el valor supremo de la vida no está en superar a otros, en vencerlos, sino en amarlos. Amar hasta la muerte, como únicamente lo hiciera el Hijo del hombre, al que nosotros todavía no conocíamos.


Hubo un tiempo en el que aspiré a una vida íntegra y consecuente. Me sentí filósofa y dejé de engañarme a mí misma y a los demás. Pero la verdad amarga, terrible y triste estaba para mí en primer plano, y por ello mi existencia seguía tan desgarrada y contradictoria como antes. Experimentaba un gusto permanente por el contraste y el absurdo, por los imponderables de la vida. También alentaba en mí el esteticismo. De día, por ejemplo, me gustaba mucho ser una alumna brillante, el orgullo de la facultad de Filosofía, y trataba con intelectuales sutiles, asistía a conferencias y coloquios científicos. Me gustaba hacer observaciones irónicas y solo me daba por satisfecha por lo mejor en el aspecto intelectual. Por la tarde y por la noche, en cambio, me mantenía en compañía de marginados y de gente de los estratos más bajos, ladrones, alienados y drogadictos. Esa atmósfera sucia me encantaba. Nos emborrachábamos en bodegas y en bohardillas. Me invadió entonces una melancolía sin límites. Me atormentaban angustias incomprensibles y frías, de las que no lograba desembarazarme. A mis ojos me estaba volviendo loca. Ya ni siquiera tenía ganas de seguir viviendo. ¡Cuántos de mis amigos de entonces han caído víctimas de ese vacío horroroso y se han suicidado! Otros se han convertido en alcoholicos. Algunos están en instituciones para enajenados... Todo parecía indicar que no teníamos esperanza aalguna en la vida. Pero el viento del Espíritu Santo "sopla donde quiere", otorga vida y resucita a los muertos. ¿Qué fue lo que me ocurrió entonces? Que nací de nuevo. En efecto, fue un segundo nacimiento lo que experimenté. Cansada y desilucionada realizaba mis ejercicios de yoga y repetía los mantras. Conviene saber que hasta ese instante yo nunca había pronunciado una oración, ni conocía realmente oración alguna. Pero el libro de yoga proponía como ejercicio una plegaria cristiana, en concreto, la oración del Padrenuestro. ¡Justamente la oración que nuestro Señor había recitado personalmente! Empecé a repetirla mentalmente como un mantra, de un modo inexpresivo y automático. La dije unas seis veces. Entonces, de repente, me sentí transtornada por completo. Comprendí -no con mi inteligencia ridícula, sino con todo mi ser- que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificadoy resucitado!


¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó entonces en mi corazón! Pero no solo en mi interior. El mundo entero, cada piedra, cada arbusto, estaban inundados de una suave luminosidad. El mundo se transformó para mí en el manto regio y pontifical del Señor. ¿Cómo no lo había percibido hasta entonces? Así empezó mi vida. Mi redención era algo perfectamente concreto y real. Había llegado de un modo repentino, aunque la había anhelado desde mucho tiempo atrás.


En un Estado totalitario, la Iglesia se nos aparecía como la única isla limpia en la que realmente se podía vivir. Era la antítesis de cualquier ideología asesina y embrutecedora. Y el poder de la ideología es realmente absoluto en nuestro Estado. La ideología corrompe la personalidad, mientras que, en la Iglesia, esla persona la que debe madurar en toda su plenitud. La ideología vive como un parásito de los sentimientos y de la infelicidad de los hombres. En la Iglesia se da el trata afectivo y creador de laas personas entre sí, hay una comunicación sis mentiras.


En la emigración. 29 de julio de 1980 (luego de haber estado presa, finalmente fue exiliada por el govierno soviético, nota de Yo Creo)


He llegado a Viena. ¿Qué es lo que he sentido aquí? ¡He vivido el sentimiento de libertad? No. Tampoco en Rusia era libre. La libertad es un don de Dios. Es una obligación, no un derecho. Tuve la sensación de que había caído en un mundo de formas, donde todo encontraba su expresión y su envoltorio elegante. Aquí, todas las cosas quieren agradar y todo tiende de alguna manera a servir al hombre. Me sorprendió enormemente ver cómo el hombre ocupa el centro dentro del modo de vida occidental, esa forma de marcado antropocentrismo. 


Si en Rusia teníamos que consumir al menos la mitad de nuestras energías vitales en superar miles de impedimentos que lleva consigo una forma de vida absurda y difícil, como el ruido de las calles, el apretujamiento en las oficinas, las largas colas ante las tiendas de comestibles, la lucha por un puesto en los transportes públicos, la grosería e irritabilidad generales, etc., etc., aquí, esas dificultades no se daban. Pero había otras: el exceso de cosas hermosas, de cosas que a una la arrastran, si no está bastante orientada hacia el cielo. Aquí, la tierra te puede tragar para siempre.


Fuente "10 ateos cambian de autobús", José Ramón Ayllón, editorial Palabra, 5ª edición, páginas 66-69.


 

 
 
 

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