Una movida solidaria les cumplió los deseos a 850 chicos

Son de comedores y hogares. Escribieron las cartas a Papá Noel y cientos de voluntarios les compraron lo que habían pedido.

 
Una movida solidaria les cumplió los deseos a 850 chicos

 “Querido Papá Nuel, a mí me gusta que me regales una pistola de agua y una pelota de cuero”. Debajo del pedido, Nico, de 10 años, dibujó con lápiz negro los regalos que le encargó al gordinflón de barba cana para esta Navidad. Como él, 850 chicos de seis comedores y dos hogares de San Miguel, Morón y José C. Paz escribieron sus cartas y en la víspera de la Nochebuena se encontraron rompiendo coloridos envoltorios que contenían justo eso que esperaban. Eran regalos nuevos, especialmente comprados para ellos por cientos de papá noeles que apostaron a cumplir los sueños de nenes y nenas que “suelen estar muy acostumbrados a la solidaridad en masa: todos la misma comida, todos el mismo regalo”.


La que habla es Pilar Medina, una profesora de Literatura de 32 años, impulsora de Pequeños Puentes, la iniciativa que en poco más de un mes motorizó la compra y distribución de una gigantesca montaña de juguetes. Unos 100 alumnos de la Escuela Integral Jorge Luis Borges y del Instituto Cultural Roca no tardaron en prenderse (“casi todos levantaron la mano cuando les pregunté si se querían sumar”). También padres y 10 docentes. Divididos en grupos fueron a visitar los comedores y hogares donde se juntaron con los chicos y les ayudaron a escribir las cartitas. Después, las repartieron entre familiares y amigos que serían los encargados de que los deseos se materialicen. Algunos pedidos encontraron padrinos a través de Facebook. La condición ineludible: que los regalos no sean usados.


“Un regalo nuevo supone mucho más que plata; supone tiempo, dedicación y un momento de elección del mejor regalo posible. No es lo que me sobra lo que doy, no es lo que ya no uso. Es el regalo que yo le haría a mi hijo. Y para el niño es sentir que alguien lee, alguien escucha, en definitiva, que a alguien le importa”, continúa Pilar.


El viernes 21 los saqueos en algunos puntos del Conurbano amenazaban con frustrar la cita en el comedor La Ranita Feliz, del barrio Trujui, en San Miguel. Imposible. La ansiedad era tanta que nada justificaba postergar la fiesta. La mesa estaba preparada. Sobre el mantel de motivos frutales había sanguchitos, budines, galletitas y gaseosas. El olorcito a comida asaltaba al olfato al cruzar la puerta. La música animaba la fiesta. El arbolito esperaba los regalos. Y los chicos más.


Cuando llegó el momento, los 85 se sentaron en el suelo e hicieron silencio. Escucharon con atención la carta que Papá Noel les había escrito en un papiro grandote. Todas las miradas estaban puestas en Pilar. De su boca comenzaron a salir uno a uno los nombres que figuraban en los paquetes. Melanie Ortiz extendió bien alto el brazo cuando llegó su turno. La sonrisa al abrazar a su muñeca pepona de trenzas rosas dejó ver el hueco abierto por la caída de sus paletas. “Una gorra, lo que yo había pedido”, respondió Franco cuando le preguntaron qué le habían regalado. En segundos, la timidez del principio se convirtió en un bullicio ensordecedor. Papeles opacos y metalizados en el suelo, nenas acunando bebotes y chicos haciendo jueguito con sus pelotas recién estrenadas. En el medio del alboroto, un perrito regordete y de patas cortas aprovechaba para robar los restos de comida que habían caído al piso.


En el patio, mientras Lara bailaba al ritmo del Tutá Tutá con su disfraz de princesa, Milagros le aconsejaba a Samira que le pusiera Jazmín a su muñeca. A la de ella la bautizó Morena. Más allá, Gabriel armaba un avión justo al lado del arbolito navideño. Y en la calle, Mateo daba las primeras pedaleadas a su bici roja.


En La Ranita Feliz la alegría fue completa, pero en algunas entregas no todo fue color de rosa. “Esa fue la parte más amarga del proyecto: la desilusión de un chico de 10 años que recibe una pelota de goma playera cuando lo que había pedido era una pelota para jugar al fútbol con sus amigos es terrible”, cuenta Pilar y agrega: “El padrino tenía que ser sumamente consciente de que probablemente ese regalo que estaba comprando sería el único que ese niño iba a recibir, entonces no podía comprarle algo que se le rompiera a los cinco minutos de abrirlo”. De todas maneras, “como fue la primera vez que lo hicimos, ya vamos a ir pensando en todo lo que podemos mejorar para la próxima”.


“Re lindos los regalos”, suelta casi al aire Milsa, que lleva a Candela, de 2 años, en brazos. “Muchos no tenemos la posibilidad de comprar. Yo no podía”, se sincera. Mientras los demás chicos juegan con sus flamantes regalos, se acerca Laura, otra de sus hijas, con su paquete cerrado, confiada de que en su interior esté el set de balde y palitas que pidió. “No voy a abrirlo, cuando llegue a casa lo voy a poner en el arbolito”, revela en secreto.


(Fuente: Clarín – Autor: Florencia Cunzolo)


 


 
 

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