Volver a Dios, poner nuestra vida en sus manos, dejarnos abrazar por El, permitir que nos invada completamente; y al anclarnos para siempre en El, ser definitivamente libres.
Otra vez el gran San Agustín nos pone cara a cara con nuestra vida y nos enseña a que es posible la conversión. El volvernos hacia Dios y ser plenamente de Dios.
¡Que te haga bien!
A Ti me vuelvo
Voy de regreso a tu casa.
Y a ti me vuelvo para pedirte los medios
que me permitan acercarme a ti.
Si tú me abandonas, la muerte caerá sobre mí.
Pero tú no abandonas a nadie que no te abandone.
Eres el sumo bien, y nadie te buscó debidamente sin hallarte.
Y te buscó debidamente el que tú quisiste que así te buscara.
Padre, que yo te busque sin caer en el error.
Que, al buscarte a ti, nadie me salga al paso en vez de ti.
Sal a mi encuentro, pues mi único deseo es poseerte.
Pido tu clemencia que me convierta plenamente a ti y destierre de mí todas las repugnancias que a ello me opongan.
Y mientras llevo sobre mí la carga de mi cuerpo, haz que sea puro, magnánimo y prudente, perfecto conocedor y amante de tu sabiduría, digno de habitación y habitador de tu beatísimo reino. (San Agustín)
OM/YC