Esta sencilla y hermosa plegaria está cargada de riquezas. Una mirada cercana para gustar mejor de ella.
Muchos de nosotros aprendimos a balbucear esta hermosa oración dirigida a la Virgen en nuestra más temprana infancia. Otros, tal vez, la hayan descubierto ya grandes. No importa cuando haya sido que la aprendimos, lo cierto es que para todos nosotros el Ave María constituye un tesoro que recibimos y transmitimos como Iglesia. Un tesoro que, por cotidiano, no pierde su brillo; y es parte insustituible de nuestra oración diaria.
Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿Comprendemos lo que decimos? ¿Gustamos las riquezas que esta plegaria contiene?
Veamos ante todo cómo nació. El Ave María consta de tres partes: la primera está tomada del saludo angélico: Ave, llena de gracia, el Señor es contigo (Lc 1,28). La segunda es el saludo de Isabel a María al recibirla en su casa: Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Lc 1,42). La tercera es una invocación de origen muy posterior: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Lo primero que advertimos es que esta plegaria tiene origen divino y humano. El ángel e Isabel fueron personajes inspirados por Dios. La Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, completó la oración.
La estructura íntegra del Ave María necesitó más de un milenio para alcanzar su actual formulación. Su historia se asemeja a un pequeño arroyo que, poco a poco, va adquiriendo volumen hasta formar un río de caudal enorme. Es la expresión de la fe de generaciones y generaciones de cristianos que han invocado a la Santa Madre con esta sencilla plegaria, mitad alabanza, mitad súplica filial.
La fórmula definitiva que ha llegado hasta nosotros fue fijada por el Papa Pío V en 1568 y, hasta ahora, no nos cansamos de repetirla por su irresistible encanto y riqueza espiritual.
SABOREANDO CADA FRASE
"Ave, María [Alégrate, María]". El saludo del Angel Gabriel abre la oración. Es Dios mismo quien por mediación de su ángel saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger ese saludo y a hacerlo nuestro.
Una aclaración. La expresión Ave, tomada del latín, es un saludo que conlleva aprecio y buenos deseos. Ha sido traducida por Dios te salve, lo que no es del todo correcto, pues parece que le deseamos a María que sea salvada por Dios (Esto no es así, María ya está en la Gloria). Por tanto, seguiremos utilizando este saludo pero teniendo claro que su sentido es de alabanza: ¡Alégrate!.
"Llena de gracia, el Señor es contigo". Las dos frases del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquél que es la fuente de toda bendición. "Alégrate... Hija de Jerusalén... el Señor está en medio de ti" (Sof 3, 14.17a). María es "la morada de Dios entre los hombres" (Ap 21, 3).
"Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". Hacemos nuestro el saludo de Isabel, quien habló "llena del Espíritu Santo" (Lc 1, 41). Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María: "Bienaventurada la que ha creído... " (cf. Lc 1, 48). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.
"Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros... ". Porque nos da a Jesús, su hijo, María es madre de Dios y madre nuestra (cf. Jn 19, 25-27). Podemos confiarle todos nuestros anhelos y necesidades, ella los recibe con solicitud maternal. Confiándonos a ella, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: "Hágase en mi lo que has dicho" (Lc 1, 38).
"Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". Frente a la "llena de gracia", nos reconocemos pecadores y nos dirigimos confiados a la "Madre de la Misericordia". Nos ponemos en sus manos "ahora", en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, "la hora de nuestra muerte". Que ella esté presente en esa hora como lo estuvo en la muerte de su Hijo, y que en la hora de nuestro tránsito nos reciba como madre para conducirnos a Jesús, en la gloria de la Trinidad. ¡Amén! (Así sea).
M.N. © Yo Creo
Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica Nros. 2676 y 2677.